A ti

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El reloj marcaba la una y media de la madrugada cuando Chiara salió del pub. Caminó con rapidez hacia la estación de metro, con la mente dando vueltas y las emociones desbordadas.

"¿Y si ya terminó su turno? ¿Y si le molesta que aparezca sin avisar?", pensaba mientras descendía las escaleras hacia el andén. Había revisado la dirección varias veces y, aunque el restaurante no estaba precisamente cerca, sabía que, si todo salía bien, llegaría justo a tiempo. Su ansiedad crecía con cada minuto. Sujetaba con fuerza el paquete de croissants que había comprado en el camino, como si aquel gesto pudiera apaciguar el torbellino en su interior.

"Seguro está bien", se decía para calmarse, aunque su corazón latía desbocado. "Pero si no lo está, no quiero enterarme mañana de que necesitaba apoyo y yo no estuve ahí". Esa idea la empujó a moverse con más urgencia. Cuando finalmente salió del metro, casi corrió hacia el restaurante, ignorando el frío que mordía sus mejillas.

Al girar la esquina, lo vio. Las luces seguían encendidas, pero el interior estaba casi vacío. A través del cristal, distinguió a un par de camareras riendo entre ellas. Buscó con la mirada a su amiga y, entonces, la encontró. Ahí estaba, atendiendo al típico cliente que parecía ajeno a la inminente hora de cierre. En ese instante, todo mereció la pena. Todo volvió a cobrar sentido.

Su pelo corto y pelirrojo, el hoyuelo que hacía aún más encantadora su sonrisa, y esa calidez que siempre irradiaba. Chiara podría haberla mirado durante horas, incluso días, sin cansarse jamás. En su mente, por un instante, se imaginó irrumpiendo en el restaurante con determinación, tomándola de la mano y besándola con toda la intensidad que llevaba acumulada. Pero la realidad era distinta. No era su chica, ni podía dejarse llevar por impulsos. Ser había prometido a sí misma respetar sus tiempos, apoyarla, no presionarla y solo así podían crear algo sano.

No tenía idea de cómo reaccionaría al verla ni de cómo habría digerido el día sin noticias suyas. El estrés de su nuevo trabajo debía de estar pesándole, pero verla, simplemente verla, sirvió para transformar la ansiedad de Chiara en un alivio momentáneo. No había llegado demasiado tarde, y por ahora, eso era suficiente.

Con una mezcla de nerviosismo y determinación, se quedó fuera, apoyándose en una pared cercana, esperando el momento adecuado para acercarse.

El reloj marcaba casi las dos de la madrugada cuando Violeta salió por la puerta trasera del restaurante, cargando una bolsa de basura. La noche estaba helada, y el aire le golpeaba la cara, recordándole que apenas había tenido tiempo para sentarse a lo largo de un día interminable. Mientras caminaba hacia los contenedores, algo llamó su atención.

Una figura apoyada contra la pared, en el callejón, a unos metros de distancia. Frunció el ceño, los ojos entrecerrados para intentar reconocerla. Su corazón dio un vuelco cuando lo hizo.

—¿Kiki? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y emoción.

Chiara, encogida por el frío, se enderezó al oírla. En sus manos sostenía el paquete de croissants, ahora algo arrugado. La luz tenue iluminaba sus mejillas enrojecidas y el leve temblor de sus labios.

—Hola —murmuró con una tímida sonrisa.

Violeta dejó caer la bolsa en el contenedor sin apartar la vista de Chiara. Su corazón latía con fuerza, y una oleada de calidez disipó parte del agotamiento acumulado. Dio un paso adelante, intentando entender qué estaba pasando.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, intentando sonar seria, aunque la emoción en su voz la traicionó.

Chiara tragó saliva, apretando más el paquete contra su pecho.

—Quería verte. —Su respuesta salió apresurada, atropellada—. Te traje esto... No sabía si habías comido algo y pensé que quizá te apetecerían.

Extendió el paquete con torpeza, pero Violeta lo ignoró. En su lugar, le dio un abrazo repentino, lleno de emoción y gratitud. Había necesitado a Chiara más de lo que ella misma imaginaba.

La pelirroja dejó escapar una risa baja mientras la estrechaba con fuerza. Por un impulso que no pudo ni quiso detener, tomó el rostro de Chiara entre sus manos y la besó. Fue un beso intenso, cargado de emociones contenidas: el cansancio, el alivio de verla allí y la ternura que siempre despertaba en ella.

Chiara, aunque sorprendida al principio, respondió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando ese momento durante horas. Sus manos subieron lentamente hasta la cintura de Violeta, y por un instante, el frío de la noche desapareció.

Cuando Violeta se apartó, apenas dejó unos centímetros entre ellas. Con las narices rozándose, dejó escapar un suspiro.

—Sabes a alcohol, Kiki —murmuró, con una mezcla de reproche y diversión.

Chiara abrió los ojos de golpe, intentando responder, pero Violeta la interrumpió.

—¿De dónde vienes? ¿Estabas de fiesta? —preguntó, más suave esta vez, casi en un susurro.

Chiara asintió, algo avergonzada.

—Sí, pero no era nada importante. Solo un rato con mis compañeros de clase. No podía quedarme mucho tiempo sin... —Titubeó—. Sin verte. Te echaba de menos.

El reproche estaba en la punta de la lengua de Violeta, pero la ternura se le adelantó. Dio un paso más, acortando la distancia entre ambas.

—¿Dejaste tu fiesta para venir aquí? —preguntó, incrédula, aunque el brillo en sus ojos la delataba.

Chiara bajó la mirada antes de asentir.

—Era solo una fiesta. No sé, Violeta... Quería estar aquí, contigo. Cuando me enteré de que empezabas hoy... Después de ayer... pensé que debía venir. Porque...

Chiara vaciló. Las manos de la pelirroja seguían sujetando su rostro, y la sinceridad en sus ojos fue desarmante.

—Porque eres importante para mí —confesó finalmente Chiara.

Violeta negó con suavidad, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Sus dedos se deslizaron por las mejillas de Chiara antes de soltarla.

—Eres imposible —murmuró, pero el cariño en su tono lo decía todo—. Ven.

Tomó su mano y la guió hacia la puerta trasera del restaurante.

—Salgo en diez minutos —añadió con una energía que no parecía propia de alguien que había tenido un día tan largo.

Mientras Violeta volvía al interior, Chiara no pudo evitar sonreír. Su plan había funcionado, y la victoria iluminaba su rostro. Al verla desaparecer tras la barra, no pudo evitar que su mirada descendiera a su cintura. Quizá estaba un poco borracha... y algo más también.

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