PARTE II: EL ASALTO// CAPÍTULO 8

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Las hojas de papel están húmedas de mis lágrimas cuando termino de leerlas, mi cuerpo arrinconado entre las mantas de la cama, abrazando el cuerpo peludito de Nerea, la perrita, que me mira con expectación.

La historia parece terminar ahí, pero hay otra página doblada detrás, al tomarla, algo pequeño y pesado cae en mi regazo; y entonces siento como todo mi cuerpo comienza a temblar.

La llave.

La miro en mis manos un momento más, haciéndome a la idea de que finalmente puedo abrir la única cerradura de la que no me había podido librar con clips o cuchillos; él debía liberarme, no había otra alternativa. Ni siquiera necesito un espejo, mis dedos se saben la cerradura de memoria, la llave encaja a la perfección, y casi puedo sentir el aire entrando con más fuerza a mis pulmones cuando dejo de sentir la presión del pequeño aro plateado.

Básicamente me lo arranco del cuello y lo arrojo lejos en la habitación, Nerea, la perrita, se sobresalta un poco cuando aterriza en algún lugar tirando varias cosas al suelo, pero yo ni me inmuto, la llave en mi mano derecha asida con tanta fuerza que me haré daño, pero no me voy a deshacer de ella; no hay manera de que me deshaga de ella nunca jamás, en caso de que alguien más quiera atreverse a aprisionarme; a llamarme "suya".

Dejo las páginas de lado y me dejo caer hacia atrás, mirando hacia el techo con la mente hecha un lío, el hocico de Nerea recargándose en mi hombro. Mi mano pasando por mi cuello una y otra vez, disfrutando de la sensación de sentirlo libre.

Sería complicado, si no es que imposible describir lo que estoy sintiendo.

Seastone tenía razón, Neptune no es quién yo creía. ¿Eso me hacía odiarlo? Definitivamente no, no, esto que siento creciendo en mi pecho no es odio, ni siquiera resentimiento.

Neptune como tal, como yo lo concebía ni siquiera existe, todo había sido la maquinación de un extraño para subir a la cima, y yo tan solo me había cruzado en su camino, teniendo la bastante suerte para recordarle a su primer amor. Quisiera decir que no me afecta en lo absoluto pensar que nunca me quiso a mí, si no a lo mucho que le recuerdo a Acelina, pero hay un dolor pequeño, pero agudo al respecto.

Sin embargo, esto tampoco es lo que acelera mi corazón, lo que me ha dejado las manos heladas y la respiración agitada.

Es la urgencia.

Neptune es Wolf Copperflake, Wolf Copperflake es 172. 172 está vivo. Está vivo y estuvo a mi lado todo este tiempo, protegiéndome en cada paso del camino.

Pero no estará vivo por mucho tiempo.

Me siento de inmediato, pasándome las manos por el cabello mientras intento pensar; hemos llegado hasta aquí, y no hay otra salida. Es imposible que termine aquí, no después de todo lo que hemos pasado, no voy a quedarme aquí esperando a que el agua suba y se ahogue.

Él no me ha dejado morir en todo este tiempo, no voy a abandonarlo justo ahora.

Me levanto con una urgencia que casi se siente bien, esta ansiedad en mi pecho, la inexistencia de un plan en mi mente extrañamente liberadora, la expectación del próximo paso a seguir respirándome en la nuca.

Abro mi closet de par en par, el cual los agentes han dejado prácticamente intacto, (a excepción de mi cajón de ropa interior, sospecho) mis manos se van automáticamente a un conjunto sastre color azul que casi parece contra las reglas en este lugar donde todo es blanco.

Menos de diez minutos después, acaricio la cabeza de Nerea para despedirme y salgo de la habitación, ni una gota de maquillaje en mi rostro, ni una pieza de joyería más que un nuevo brazalete de promesa que me he atado en la muñeca, un par de navajas en mis bolsillos, la botellita que encontré en el escritorio de Snow en mi manga, una bolsa plástica entre mis manos y puestos unos calzoncillos de Neptune porque los míos desaparecieron.

EL TRIBUTO| Los Juegos Del Hambre (SEGUNDA Y TERCERA PARTE)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora