LXIII

395 27 0
                                    

Pablo Gavi ||⚽🇪🇦

Cuando vi a Zahir asomarse por la puerta, dirigí la mirada a Alya. Ella seguía medio llorando, con los ojos hinchados, y fue entonces cuando bajé un poco más la vista y noté algo que me dejó helado: su sangre en el suelo.

No lo pensé dos veces. Me apresuré a coger a Zahir en brazos y lo saqué de la habitación antes de que pudiera ver algo.

—¿Gavi? ¿Qué pasa? —preguntó mientras lo llevaba a su habitación, pero no pude contestarle.—¿Qué haces aquí? —insistió, cada vez más inquieto. Yo seguía sin responderle.—¡Gavi, para! —me gritó, y me detuve en seco. Su carita estaba llena de preocupación.—¿Tata está bien? —preguntó con voz temblorosa.

—Está un poco malita, por eso he venido a cuidarla —respondí intentando sonar tranquilo.

—Tú mientes —aseguró, frunciendo el ceño.—tata ha llorado en casa del tito frenkie

—Eres muy listo, guapete —le dije, tocándole la nariz suavemente—. Hay que darle tiempo, ¿vale? Ahora quédate aquí y en un rato la ves.

—Quiero ir con ella si está mal —insistió.

—Solo espérame aquí, Zahir. Todo irá bien, te lo prometo.

No parecía muy convencido, pero se quedó donde estaba. Entré de nuevo a la habitación de Alya, que había intentado limpiar el desastre, aunque aún se tambaleaba. Apenas la vi así, corrí hacia ella y la sostuve por la cintura antes de que cayera al suelo.

—Joder, ¿estás bien? —pregunté, con el corazón en un puño.

—Sí, sí, solo ha sido un mareo —respondió, dejándose caer en la cama con un bufido de agotamiento.

—Zahir está muy preocupado. Voy a distraerlo un rato y luego lo traigo, ¿vale?

—No, espera, Pablo —me llamó, y me giré a mirarla.—Llévalo a dormir, mañana tiene entreno temprano —me dijo con esfuerzo.

—No va a querer, ya lo conozco. ¿Por qué no se lo dices tú?

—No quiero que me vea con estas pintas.

—¿Qué pintas ni qué pintas? Estás un poco pálida, nada más. Sigues guapísima.

La miré de reojo y noté cómo su rostro se encendía de rojo. No pude evitar soltar una risa mientras negaba con la cabeza.

—Ya vuelvo, rojita —le dije, saliendo de la habitación.

Zahir estaba sentado en el pasillo, apoyado en la pared y luchando por no quedarse dormido.

—Venga, entremos —le dije, tendiéndole la mano. Él la cogió y me siguió.

Nada más entrar, corrió hacia Alya y reptó hasta su pecho.

—Tata, ¿cómo estás? —le preguntó con esa carita inocente.

—Bien, peque. Solo estoy malita, me duele un poco el estómago.

—Tata, dime todo, por favor —le pidió, con esos ojitos que podían convencer a cualquiera.

—Peque, ahora no, ¿vale?

—Venga, tata, que ya soy grande. Tengo cinco años —dijo, levantando la mano para mostrar los dedos.

Alya me miró desesperada, pidiéndome ayuda. Me acerqué y cogí a Zahir en brazos.

—Peque, tu tata tiene que descansar. Déjala tranquila, ¿vale?

—Pero quiero saber qué pasa.

—Luego —zanjé, sacándolo de la habitación antes de que insistiera más.

|| UNION EN EL CAMPO || pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora