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Alya de Jong|| 🐬 📚
23 de agosto

El partido estaba que ardía. El Osasuna no se lo estaba poniendo nada fácil a los chicos, presionaban como si les fuera la vida en ello y cada pase era un dolor de cabeza. En las gradas, la tensión se sentía, pero yo confiaba en que los nuestros sacarían algo de la manga.

Pablo estaba corriendo de un lado a otro, presionando, peleando cada balón como si fuera el último. Se notaba que estaba dejando el alma en el campo, y eso me ponía un poco nerviosa. ¿Y si se lesionaba otra vez?

—Lee, relájate, parece que estás jugando tú —se rió Sira, viéndome tan metida en el partido.

—Es que esos cabrones van con todo, y Pablo se tira de cabeza a cada jugada, ¿no le da miedo romperse ?

Sira bufó.

—es Gavi, si no juega así, no es él.—nehor

—Ya, pero…

Antes de que pudiera seguir protestando, Pablo recibió una falta cerca del área, y yo me levanté de golpe del asiento.

—¡¿Pero qué cojones?! —grité, llevándome las manos a la cabeza.

—¡Alya, siéntate! —me riñó Sira, riéndose de mí.

—¡Ese cabrón casi me lo parte en dos!

—Pablo está acostumbrado a que le peguen, tanto así que ni siente el dolor.

Pero no me quedé tranquila hasta que lo vi levantarse con su típica cara de cabreo, sacudiéndose el pantalón y resoplando. Aunque cuando el árbitro le sacó amarilla al otro, la sonrisa que puso me dejó más tranquila.

El partido siguió igual de intenso, con los chicos intentando abrir huecos y Osasuna cerrándose atrás como si fueran una muralla. Hubo una jugada buenísima de Pedri con Ferran que casi termina en gol, pero el portero rival sacó una mano milagrosa y todos nos llevamos las manos a la cabeza.

—No puede ser, tío —murmuré, frustrada.

Pablo siguió corriendo, presionando, pero cada vez se le veía más cansado. Sabía que no iba a parar aunque se muriera, pero se notaba que le estaba costando el doble.

Cuando el árbitro pitó el descanso, los chicos salieron del campo caminando con las manos en las caderas, agotados.

—Venga, vamos al vestuario —dijo Sira emocionada, levantándose de golpe.

Suspiré y la seguí. De mala gana por el empate

Cuando entramos, el ambiente estaba dividido. Algunos jugadores estaban visiblemente frustrados, otros estaban motivados, y los chicos … bueno, ellos parecían tranquilos, como si supieran que en la segunda parte lo iban a arreglar.

Pero mis ojos solo buscaron a uno.

Pablo estaba sentado en el banco con una toalla en la cabeza, completamente empapado de sudor, respirando hondo como si intentara recuperar el aire. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha, agotado.

Me acerqué sin hacer ruido y le aparté la toalla con suavidad.

—Lo estáis haciendo bien —le dije con una sonrisa.

Él levantó la cabeza lentamente, y cuando me miró, me di cuenta de lo cansado que estaba. Sus ojos se veían pesados, y su respiración aún era rápida.

—¿Sí? No parece que opinéis lo mismo ahí arriba —murmuró con voz ronca.

Rodé los ojos.

—Venga ya, han tenido suerte. En la segunda parte os los coméis.

|| UNION EN EL CAMPO || pablo GaviDonde viven las historias. Descúbrelo ahora