La mañana se filtraba perezosa por las ventanas de la mansión, iluminando los pasillos con un tenue resplandor dorado. Rafael se despertó temprano, mucho antes de que el reloj sonara a su hora habitual. Había dormido apenas unas horas, con la mente atrapada en un bucle constante de dudas, sospechas y escenarios que no podía descifrar. Desde que había llegado a esa casa la noche anterior y vio a Martin con Juanjo, algo en su interior le decía que había un secreto oculto bajo su propio techo, algo que lo carcomía lentamente, pero que no lograba definir con claridad.
Se levantó de la cama con movimientos lentos y torpes. Nuria seguía durmiendo, respirando profundamente con una paz que él envidiaba. No quiso despertarla, así que caminó hacia el baño en silencio, cerrando la puerta tras de sí. Se miró al espejo, observando los rastros de cansancio en su rostro. Sus ojos estaban rodeados de sombras, y su mandíbula seguía tensa, como si incluso en sueños hubiera estado lidiando con su inquietud.
Al terminar de arreglarse, Rafael se dirigió al comedor, como hacía cada mañana, pero esta vez no se sentó a disfrutar de su café. Era su ritual diario, tomarse el café recién hecho que le hacía María José, leer las noticias financieras más recientes y analizar el mercado mientras el aroma del café llenaba la estancia. Pero esa mañana, no tenía paciencia para eso. Algo dentro de él le urgía a actuar, a moverse, a tomar el control de la situación antes de que fuera demasiado tarde.
Con paso decidido, se desvió hacia su despacho, un lugar que consideraba su refugio dentro de la casa. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a la cafetera de cápsulas que tenía allí. Mientras el café se preparaba, se dejó caer en su silla de cuero, mirando por la ventana, aunque sus ojos no parecían enfocarse en nada en particular.
Su mente estaba trabajando a toda velocidad, explorando opciones, descartando posibilidades. Si quería respuestas, no podía confiar en lo que Martin le dijera directamente. Su hijo era astuto, lo suficientemente inteligente como para esconderle cosas si era necesario. No, necesitaría otra forma de descubrir la verdad, algo más discreto, más eficaz.
De repente, una idea comenzó a tomar forma en su cabeza, una que al principio le parecía excesiva, pero que cuanto más la analizaba, más sentido tenía; contratar a un detective privado. Era un método que había escuchado antes entre conocidos del mundo empresarial, una herramienta común entre familias poderosas que no podían permitirse dejar cabos sueltos en su vida privada.
Rafael tomó su teléfono y comenzó a hacer algunas llamadas. Primero, contactó a su equipo de abogados, hombres en los que confiaba plenamente, pero a quienes también les exigía una absoluta discreción.
- Necesito contactos de detectives privados - dijo con firmeza al abogado principal. - Pero no cualquier detective, necesito a los mejores. Quiero a alguien que haya trabajado con familias de nuestro nivel, alguien que entienda la importancia de la confidencialidad.
El abogado no hizo preguntas, sabiendo que Rafael no toleraba la curiosidad innecesaria, por lo que se limitó a responder.
- De inmediato, señor Urrutia. Le enviaré una lista en cuanto la tenga.
Mientras esperaba, Rafael terminó su café, aunque el sabor amargo no le proporcionó el consuelo habitual. Se levantó de su silla y comenzó a pasear por el despacho, sus manos entrelazadas detrás de su espalda, su mente trabajando en posibles escenarios. ¿Qué haría si sus sospechas eran ciertas? ¿Qué implicaciones tendría para la familia, para el negocio, para su reputación?
Un par de horas más tarde, su teléfono vibró con un mensaje de los abogados. Habían hecho un trabajo eficiente, como siempre, y le habían enviado una lista de nombres junto con las credenciales de cada detective. Rafael revisó el documento con detenimiento, analizando cada nombre, cada caso que habían manejado anteriormente. Algunos tenían experiencia en asuntos corporativos, otros en temas personales. Después de unos minutos, seleccionó a tres candidatos que parecían encajar con lo que necesitaba.
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Amor Prohibido
FanfictionLos Urrutia, una de las más ricas del país, dueña de Éclat d'Or una multinacional mundialmente conocida, su hijo Martín acaba de cumplir 18 años y necesitan un chófer para él, el problema es que él chico odia tenerlo. Juanjo, un chico humilde que ac...
