El aroma de la comida recién hecha llenaba el salón en el momento en que Martin comenzó a recuperar la conciencia. Su respiración era aún pesada y su cuerpo se sentía pesado, como si el sueño se aferrara a él y se negara a soltarlo por completo. Pero poco a poco, su mente fue emergiendo de la bruma, empujado por el murmullo de una voz que conocía demasiado bien.
- Martin... - susurró Juanjo, su tono suave, cargado de paciencia y una leve inquietud.
Martin sintió el roce de unos dedos acariciando su cabello con delicadeza. Ese gesto, tan suyo, tan íntimo, fue lo que terminó de anclarlo a la realidad. Se obligó a abrir los ojos, parpadeando varias veces hasta que la imagen borrosa de Juanjo sobre él tomó forma. Se encontró con su mirada llena de ternura y preocupación, con la calidez de unos ojos que siempre le habían transmitido seguridad.
- ¿Qué ha pasado...? - preguntó con voz áspera, apenas un susurro.
Juanjo dejó escapar un leve suspiro, como si hubiera estado conteniendo el aire sin darse cuenta.
- Te desmayaste - le explicó, sin apartar su mano de su cabello. - Te caíste y la moto se te cayó encima. Pero no tienes nada grave, tranquilo. Te traje dentro y... - Hizo una breve pausa, dudando sobre qué decir a continuación. - Estamos en la casa.
Martin frunció el ceño, aún confundido. En su mente, los recuerdos de los últimos minutos antes de perder la conciencia se arremolinaban caóticamente. El camino, la casa, los coches estacionados, el perro... Sus pensamientos se detuvieron en seco cuando un recuerdo golpeó su pecho con la fuerza de un trueno.
Su madre.
Su respiración se entrecortó por un segundo y su mirada se clavó en Juanjo con una mezcla de incredulidad y temor. No se atrevió a preguntar en voz alta, pero sus ojos reflejaban la pregunta sin necesidad de palabras.
Juanjo lo entendió al instante.
- Sí - confirmó en un murmullo. - Está aquí.
Martin no supo cómo reaccionar. Sintió un nudo en la garganta, el pecho encogido, la piel erizándose con la confusión de no saber si todo era real o un sueño del que despertaría en cualquier momento. Quiso hablar, pero su mente estaba en completo desorden, así que solo desvió la mirada, tratando de encontrar respuestas en el techo, en las sombras que danzaban en la habitación, en cualquier otro lugar que no fueran los ojos de Juanjo.
El silencio se vio interrumpido por un ligero ruido en la puerta. Juanjo giró el rostro justo a tiempo para ver a Rebeca alejarse con rapidez, como si se hubiera dado cuenta de que había interrumpido algo. Sus ojos se encontraron por una fracción de segundo, y en esa breve conexión, Juanjo entendió su miedo. No era miedo a Martin, sino al peso de sus propios errores, a la posibilidad de que su hijo no quisiera escucharla, a la incertidumbre de no saber cómo acercarse sin causar más daño.
No dijo nada cuando la vio marcharse, permitiéndole a Martin procesar la situación a su propio ritmo.
-¿Cómo te sientes? -preguntó Juanjo, en un intento de anclarlo a algo más tangible.
Martin cerró los ojos por un instante y luego negó con la cabeza, como si él mismo no supiera qué responder.
-Mareado -murmuró finalmente.
Juanjo frunció el ceño con preocupación y se movió ligeramente, dispuesto a llamar a Rebeca, pero antes de que pudiera hacerlo, la mujer reapareció en la sala. No dijo nada al entrar, simplemente caminó hasta la mesa y dejó una caja de pastillas sobre ella.
- Tómate una, te ayudará a recuperarte - dijo con voz controlada, aunque en sus manos aún se notaba un ligero temblor.
Martin la miró. No con rabia, ni con tristeza, ni siquiera con alivio. Solo la miró como si intentara convencerse de que era real. De que aquella mujer que estaba de pie frente a él, la misma a la que había imaginado durante años en los recuerdos de su infancia, realmente estaba ahí.
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Amor Prohibido
FanfictionLos Urrutia, una de las más ricas del país, dueña de Éclat d'Or una multinacional mundialmente conocida, su hijo Martín acaba de cumplir 18 años y necesitan un chófer para él, el problema es que él chico odia tenerlo. Juanjo, un chico humilde que ac...
