Una semana después...
El tiempo había perdido su significado. Martin no podía recordar la última vez que había sentido el sol en su piel, el aire fresco llenando sus pulmones, o el sonido de la voz de Juanjo en persona, no a través de un teléfono, no en mensajes de texto desesperados. Solo en su mente, donde aún quedaban intactos los recuerdos de sus risas, de la calidez de sus abrazos, de la manera en que su mundo entero parecía cobrar sentido cada vez que se miraban.
Pero ahora, todo eso se sentía como si perteneciera a otra vida.
La casa de los Urrutia, que alguna vez había sido un hogar, se había convertido en una prisión. No podía salir. No podía ver a Juanjo. Su padre se aseguraba de ello. Desde aquella noche, la amenaza de Rafael pesaba sobre él como una espada suspendida por un hilo, recordándole en cada momento que cualquier movimiento en falso significaría el exilio, la separación definitiva.
Martin pasaba las horas encerrado en su habitación, con las persianas medio bajadas, como si la tenue oscuridad pudiera envolverlo en una especie de calma, aunque esta nunca llegaba. Al principio, había intentado mantener una rutina, obligarse a salir de la cama, a leer, a fingir que su vida no se estaba desmoronando. Pero a medida que los días avanzaban, la desesperanza fue apoderándose de él poco a poco, como una sombra que lo cubría todo, oscureciendo cada rincón de su mente.
Dejó de ir a la universidad. ¿Para qué molestarse? Sus pensamientos no estaban en las clases, en los apuntes, en las palabras de los profesores. Estaban en Juanjo. En el último beso que le había dado antes de marcharse. En la forma en que su olor aún parecía estar impregnado en su piel, aunque sabía que era solo su mente jugándole una mala pasada. Se tumbaba en la cama y cerraba los ojos, esperando que el sueño lo arrastrara lejos de aquella realidad asfixiante. Pero ni siquiera dormir le ofrecía descanso.
Las pesadillas habían regresado con más fuerza que nunca. Y esta vez, todas tenían un mismo hilo conductor.
Cada noche, una nueva historia se tejía en su subconsciente. A veces, soñaba que Juanjo se cansaba de esperar y seguía con su vida. Otras, que su padre cumplió su promesa y lo enviaba lejos, a un lugar donde no existía escapatoria. En las peores, Juanjo estaba frente a él, pero no podía tocarlo, como si un muro invisible los separara, como si su amor nunca hubiera existido. Se despertaba con el corazón latiendo desbocado, la piel húmeda de sudor frío, y con la garganta cerrada por la angustia.
Cada noche se hacía más larga. Cada día, más insoportable.
Mientras tanto, la casa era un campo de batalla. Los gritos de Rafael y Nuria se habían vuelto parte del ambiente, como si la casa misma estuviera impregnada de la tensión, como si las paredes retuvieran los ecos de cada discusión y le devolvieran una y otra vez a aquella noche. Rafael gritaba, imponía su autoridad, mientras Nuria, con una valentía nacida del amor a su hijastro, se negaba a ceder. Sus discusiones no terminaban, se repetían con diferentes palabras pero con el mismo trasfondo, Martin. Martin y su felicidad. Martin y lo que Rafael se negaba a aceptar.
A veces, desde su habitación, podía escuchar los pasos de Nuria subir las escaleras tras cada pelea, sabiendo que iría a buscarlo, que intentaría sacarlo de la cueva en la que se estaba hundiendo. Pero Martin no quería moverse. No quería enfrentar la realidad que lo esperaba fuera de esas cuatro paredes.
Y así pasaban los días. Un ciclo interminable de angustia, de recuerdos, de noches en vela y mañanas grises. Un tiempo que avanzaba a paso lento, tortuoso, arrancándole cada pedazo de esperanza con cada hora que pasaba.
Porque sin Juanjo, la vida parecía haber sido detenida.
Para Juanjo el peso de los días también se hacía cada vez más insoportable. Sintió que estaba atrapado en un callejón sin salida, uno donde cada intento de avanzar solo lo llevaba a otra pared infranqueable. No encontraba trabajo, y sin trabajo, encontrar un piso era imposible. Lo que una vez había sido su hogar junto a Denna y Bea ya no le pertenecía, por mucho que sus amigas se empeñaran en hacerlo sentir de otra manera. Las quería, y ellas lo querían a él, pero la realidad era que el piso ya tenía una nueva inquilina, y aunque la chica era encantadora, aunque se había mostrado simpática desde el primer momento, no dejaba de ser un invitado en un hogar que ya no era el suyo.
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Amor Prohibido
FanfictionLos Urrutia, una de las más ricas del país, dueña de Éclat d'Or una multinacional mundialmente conocida, su hijo Martín acaba de cumplir 18 años y necesitan un chófer para él, el problema es que él chico odia tenerlo. Juanjo, un chico humilde que ac...
