Capítulo XXX

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Unas horas antes...

Cuando Rafael llegó a casa, el silencio fue lo primero que lo golpeó. No era el tipo de silencio habitual, aquel que solía reinar cuando él llegaba antes que su esposa o su hijo. Este era un silencio diferente. Un silencio hueco, denso, que se arrastraba por las paredes como un presagio.

Frunció el ceño mientras avanzaba por el recibidor. La casa estaba inusualmente ordenada, demasiado. No había rastro de los zapatos de Martin en la entrada, ni de la chaqueta de Nuria colgada en el perchero. El bolso de su esposa, que solía reposar sobre la mesita junto a la puerta, no estaba.

El malestar se instaló en su pecho de inmediato, pero lo ignoró, convencido de que se trataba de una coincidencia. Quizá Nuria y Martin habían salido a algún sitio, quizá María José estaba con ellos. No había razón para alarmarse. Pero cuando avanzó hacia la sala y sus ojos recorrieron cada rincón sin encontrar indicios de vida, la inquietud se tornó en algo más oscuro, más visceral.

Fue hasta la cocina, buscó en el comedor, revisó incluso el despacho. Nada. No quedaba ni un solo rastro de las tres personas que esa mañana había dejado en casa antes de salir.

El aire se volvió más pesado cuando, con pasos cada vez más rápidos, llegó hasta el garaje. Abrió la puerta con un solo movimiento y su corazón pareció encogerse de golpe.

La moto de Martin no estaba.

Un temblor sutil se instaló en sus manos, pero Rafael cerró los puños con fuerza, negándose a dejarse arrastrar por la furia que ya amenazaba con desbordarse en su interior. Se apresuró a sacar su teléfono y marcó el número de Nuria. El pitido sonó una vez, dos veces, hasta que la voz fría y mecánica del buzón de voz le confirmó lo impensable.

Volvió a intentarlo, esta vez con más rabia. Pero el resultado fue el mismo. Nuria había bloqueado cualquier vía por la que pudiese contactar con ella.

Su mandíbula se tensó mientras buscaba otro número. María José. Quizás ella tenía idea de dónde estaban. Esperó, conteniendo la respiración, pero una vez más, lo único que obtuvo fue el mismo mensaje impersonal.

El frío recorrió su espalda cuando comprendió lo que eso significaba. Un escalofrío de furia le sacudió todo el cuerpo mientras bajaba el teléfono y apretaba los dientes. ¿Qué demonios estaba pasando?

No intentó llamar a Martin. Sabía que sería inútil. Si aquellas dos mujeres le habían cerrado todas las vías de contacto, su hijo no sería la excepción. La sensación de vacío en la casa se volvió opresiva, como si el silencio le gritara lo que su mente todavía no quería aceptar. Algo no estaba bien. Algo había sucedido mientras él no estaba.

Sus pasos resonaron en el suelo de mármol cuando subió las escaleras, cada vez más rápido, cada vez más agitado. Se dirigió directamente a su habitación, esperando encontrar alguna pista, algo que le indicara qué estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando la vio. Sobre la cama, cuidadosamente doblada sobre las sábanas, descansaba una carta. Se quedó inmóvil en el umbral, observándola como si fuera una amenaza, como si al tocarla algo fuera a romperse dentro de él.

Pero su mirada pronto se desvió hacia la mesita de noche de Nuria.

El joyero no estaba.

Ese pequeño detalle, insignificante para cualquiera que no conociera su hogar, fue lo que terminó por confirmar sus peores sospechas.

La realidad lo golpeó con la fuerza de un huracán. Avanzó hacia la cama, sintiendo un peso extraño en el pecho, un temor que no solía experimentar. Sus dedos se cerraron en torno al papel, reconociendo al instante la inconfundible caligrafía de su esposa.

Amor ProhibidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora