Juanjo y Martin vivían entre dos realidades. La luz del día se los encontraba en rutinas normales, Martin asistía a la universidad con sus cuadernos llenos de apuntes y café en mano, mientras Juanjo perseguía su futuro con un máster que lo desafiaba tanto como lo emocionaba. Pero la noche, o los pequeños huecos de libertad, eran otra historia. En esos momentos, los dos dejaban de ser estudiantes y trabajadores para ser simplemente dos chicos que se amaban, con una intensidad que parecía imposible de contener.
El amor que compartían era suyo, único y verdadero, pero no podía vivirse abiertamente. En casa, bajo el techo de Rafael, su amor debía ser un secreto. Cada beso robado y cada caricia apresurada tenían que ser calculados, envueltos en el velo de la clandestinidad. Rafael era una figura que imponía miedo, y aunque sus reglas parecían dictadas por un amor malentendido, ambos jóvenes sabían que sus normas eran inquebrantables.
Sin embargo, ellos eran tan mayores y tan niños que les gustaba desafiar aquellas normas. Grandes por la valentía con la que se amaban, pequeños porque jugaban con el riesgo como si fuesen inmunes a las consecuencias. La adrenalina corría por sus venas cada vez que se escondían tras una puerta apenas entrecerrada o se colaban en la cocina cuando todos dormían, con las luces apagadas y sus risas silenciadas por besos que parecían no terminar nunca. Era un amor que no conocía límites, pero sí los muros de una casa que nunca podría ser hogar para ellos.
Cuando María José los sorprendía, les recordaba con un golpe seco del trapo que siempre llevaba en sus manos que no podían ser tan descuidados. Aun así, ellos no podían evitarlo. El amor que sentían les empujaba, como si el destino los retara a desafiar las reglas. ¿Cómo no compararlos con aquellos amantes de siglos pasados que, perseguidos por leyes injustas y miradas inquisidoras, se encontraban en oscuros callejones o detrás de iglesias abandonadas para entregarse al amor prohibido? Ellos también vivían ese amor a escondidas, esquivando los ojos vigilantes de quienes nunca entenderían que su amor no era un acto de rebeldía, sino una necesidad del alma.
Para Juanjo y Martin, cada rincón de la casa se convertía en su refugio momentáneo. Las escaleras eran testigos de sus abrazos furtivos, el pasillo era un puente hacia esos segundos robados en los que sus labios se encontraban, y la terraza, bajo el manto de las estrellas, se transformaba en un espacio donde soñaban con un futuro sin restricciones. Allí podían hablar en susurros, compartir risas silenciosas y miradas que lo decían todo.
En esos momentos, entendían algo que los unía a los amantes de otras épocas, cuando amar está prohibido, se ama con más fuerza. La imposibilidad de ser libres no los debilitaba, los hacía más fuertes. Cada sonrisa cómplice que se cruzaban en la mesa del comedor era un recordatorio de que el hogar no era un lugar físico. Su hogar eran ellos. Cuando estaban juntos, aunque fuera por un instante, todo estaba bien.
Ellos sabían que no podían parar. Por más peligroso que fuese, el amor que compartían era el refugio que los protegía del miedo y la incertidumbre. En una casa que nunca se sentiría suya, en un mundo que no siempre los entendía, Juanjo y Martin se tenían el uno al otro. Y eso, más que cualquier otra cosa, los hacía invencibles.
Mientras Martin y Juanjo se amaban en cualquier rincón de aquella casa no se daban cuenta de que no estaban solos. Sus días estaban llenos de roces sutiles y besos robados, de risas ahogadas y miradas que hablaban más que cualquier palabra. Creían que sus secretos se mantenían bajo llave, protegidos por las puertas cerradas y los silencios cómplices, pero no era así. Desde las sombras, un par de ojos los seguía con atención, testigos de cada sonrisa, de cada caricia clandestina.
Esos ojos eran incapaces de apartarse de ellos. Observaban cómo Martin recuperaba el brillo en sus ojos, cómo su risa resonaba más fuerte con cada día que pasaba junto a Juanjo, como si ese chico fuese el único capaz de arrancarlo de la tristeza que durante tanto tiempo lo había envuelto. No podían ignorar la manera en que las chispas saltaban entre ellos cada vez que sus manos se rozaban accidentalmente o cuando sus labios se buscaban en medio de una conversación banal que tenían en la piscina bajo las estrellas.
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Amor Prohibido
FanfictionLos Urrutia, una de las más ricas del país, dueña de Éclat d'Or una multinacional mundialmente conocida, su hijo Martín acaba de cumplir 18 años y necesitan un chófer para él, el problema es que él chico odia tenerlo. Juanjo, un chico humilde que ac...
