[Shidou R.]
Me acuerdo bien qué había pasado, cómo nos habían asustado. Ese día, Karasu llegó a casa con un portazo. Otoya alzó la mirada para verlo entrar echando humo por los oídos, para después mirarme a mí encogiendo los hombros.
Azotó un sobre abierto sobre la mesa donde ambos desayunábamos tranquilamente.
—¿Qué es?—Preguntó Otoya para romper el silencio tenso que mi amigo había traído al entrar. Karasu hizo un ademán hacia el papel antes de pasarse la mano por el pelo, estresado, así que tomé el sobre para sacar el contenido que había dentro del mismo y comenzar a leerlo.
—Nos quieren echar—Informó Karasu, con ese tono tenso que te da a entender que el nudo en la garganta que tiene le impide poder hablar con claridad. Se notaba que respiraba pesado, como si se aguantara las ganas de estallar en llanto, sea de rabia o tristeza.
Impotencia, sería la palabra.
—¿Qué, por qué?—Otoya es el primero que empieza a preguntar lo que cualquier persona preguntaría, mientras que yo estaba ocupado leyendo el papel que estaba firmado por el dueño del lugar, más el abogado que quién sabe de dónde se lo consiguió.
—¿"Violaciones a las normas de convivencia, y uso indebido de la propiedad"?—Leí en voz alta, la cara se contrae en indignación antes de mirarlos a los dos.—¿Qué se piensan que hicimos, tráfico de drogas o fiesta loca?
—¿Eh? pero, no hicimos nada—dijo Eita, igual de confundido que todos.
—Obvio que no hicimos nada, pero el pelado este, hijo de puta, dice que recibió muchas quejas, y que llegó al límite—Karasu sonaba exasperado, en una mezcla de enojo vehemente con una tristeza profunda. Negó con la cabeza y se dio la vuelta, metiéndose a la habitación que, en ese tiempo, los tres compartíamos.
Me levanté de mi lugar para ir a ver qué hacía, y lo encontré de rodillas al piso, agarrando su mochila toda pateada para tirar su ropa dentro de la misma, algún que otro par de medias y ropa interior, para después comenzar a revolver entre sus cajones.
—¿Qué hacés, por qué nos tenemos que ir?—Le pregunté antes de caminar hasta él para arrebatarle la mochila. Apartó la mirada, sabía que se estaba conteniendo las lágrimas por la forma en que su labio inferior tiritaba y sus cejas se contraían, pero se reprimió.—No hicimos nada, Karasu, por dios.
—No podemos hacer nada—Susurró, sonándose los mocos.
—¿Por qué no?—Se metió Otoya.—Podemos ir a hablar, o algo... no puede venir y decirnos que...
—No podemos—Insistió, firme.—Si no nos vamos hoy, dijo que va a venir acá con su gente a tirarnos todo a la calle.
Ambos nos quedamos callados, mirándolo fijo al que teníamos en frente, que mantenía la mirada en el piso y la mandíbula tensa, con las lágrimas amenazando con salir de sus ojos medio hinchados. Sabíamos lo que significaba aquello; quizá la carta demostrando que el dueño tomaba acciones legales solamente era una forma pacífica por hacer que nos vayamos a la mierda pero, si lo que decía Karasu era cierto, que si vendría con su gente a hacernos mierda y dejarnos sin nada era verdad, teníamos que salir como ratas. Era de esas típicas reglas no habladas que todo el barrio conocía, que por más civilizados que querían hacerse ver frente a los más grandes, siempre iba a quedar esa partecita que arreglaba todo a las piñas, con violencia, a lo animal. Era casi imposible luchar contra eso, no acá, no este pueblo olvidado y chico, donde todos conocen a todos y si hay bardo, tenés que estar atento.
Esa misma noche nos habíamos ido. Agarramos lo que pudimos. Karasu llevaba la ropa, Otoya algunas cosas de la cocina, del baño, de la pieza, y yo me llevé la poca comida que nos quedaba en un bolsón.
ESTÁS LEYENDO
Hilo de mierda || Ryusae
RomanceDonde Sae va a un barrio horrible a hacer un trabajo con un compañero de su clase y le roban el teléfono. O donde un día este Itoshi despierta y ve que tiene el hilo rojo del destino en su dedo... ¿pero quién es el que está del otro lado? Shidou Ry...
