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Las luces del cuarto apenas eran visibles a través de las gruesas cortinas, filtrando un resplandor tenue que apenas iluminaba el espacio cargado de silencio. El aire estaba impregnado de un aroma mezclado entre perfume caro y algo más denso, más íntimo, que prefería no identificar. Otro día más había pasado en ese ciclo interminable que me mantenía atrapado desde hacía años. Trabajo sin descanso, un constante ir y venir de cuerpos y miradas vacías. Mi cuerpo estaba cansado, pero el peso dentro de mí era aún más insoportable.

Me senté en el borde de la cama y pasé una mano por mi rostro, intentando despejar la niebla en mi mente. A mi lado, Manjiro Sano permanecía sentado, aún desnudo, con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama. Su cabello rubio caía sobre su frente de manera descuidada, dándole un aire despreocupado que contrastaba con la sensación de vacío en la habitación. Como siempre, su mirada era fría, distante, como si yo no fuera más que otra transacción en su vida.

Me puse de pie y caminé hacia la silla donde estaba mi bata de seda. Al ponérmela, sentí la tela deslizarse sobre mi piel marcada por las noches de trabajo. No miré a Manjiro cuando hablé:

—Necesito tres días libres.

Silencio.

Sabía que mi petición lo había tomado por sorpresa. Nadie pedía días libres en este lugar, mucho menos alguien como yo. A través del reflejo en el espejo, vi cómo arqueaba una ceja, su expresión entre el desinterés y la curiosidad.

—¿Y por qué? —preguntó finalmente con voz monótona, como si el motivo realmente no le importara, pero aún así esperara una respuesta.

Me ajusté la bata sin apresurarme y giré apenas el rostro para encontrar su mirada a través del reflejo.

—No es de tu incumbencia.

Manjiro no dijo nada más. Se limitó a exhalar un suspiro leve y se levantó de la cama con la misma calma con la que hacía todo. Caminó hasta la mesa de noche y tomó un sobre grueso con dinero. Lo dejó caer sobre la superficie con un sonido sordo y, sin mirarme, tomó su ropa y comenzó a vestirse.

Lo observé por el espejo. A pesar de su actitud indiferente, había algo en su forma de moverse que me molestaba. Esa tranquilidad absoluta, como si nada en el mundo pudiera tocarlo. Como si yo fuera tan insignificante que no valiera la pena gastar más palabras en mí.

Cuando terminó de vestirse, se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo y murmuró:

—Haz lo que quieras.

Y luego desapareció.

—✦—

Esperé hasta que el sonido de sus pasos se extinguió por completo antes de soltar un largo suspiro. Caminé hacia la mesa de noche y tomé el sobre, pesándolo en mi mano. Siempre dejaba más dinero del necesario. No porque le importara, sino porque para él, el dinero no significaba nada.

Deslicé el sobre dentro del bolsillo de mi chaqueta y me dirigí al baño. La sensación pegajosa sobre mi piel me hacía querer arrancarme la piel a tiras. Me despojé de la bata y la dejé caer al suelo sin cuidado antes de abrir la llave de la ducha. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo, quemando la piel con una sensación que, aunque dolorosa, era extrañamente reconfortante. Apoyé las manos contra la pared de la ducha, inclinando la cabeza mientras dejaba que el agua se llevara todo. Ojalá pudiera arrastrar también la sensación de vacío en mi pecho.

Cuando finalmente salí, envolví mi cuerpo con una toalla y me miré en el espejo empañado. Pasé una mano por el vidrio, despejando la neblina hasta encontrar mis propios ojos. No me reconocí.

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