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Había pasado un mes desde aquel día en que Senju intentó arrebatarles a Shinichiro. Desde entonces, no habían vuelto a tener problemas con ella. Manjiro se aseguró de que no volviera a acercarse, y aunque Takemichi aún sentía cierto temor, poco a poco había comenzado a relajarse. La vida en la pequeña villa se había vuelto más tranquila, casi pacífica.

Esa noche en particular, Manjiro se había quedado a dormir por petición de Shinichiro y Bruce. El bebé había comenzado a mostrar un fuerte apego por su padre, y Bruce, siempre perceptivo, se acomodó junto a Manjiro en el porche, como si supiera que su presencia era necesaria. Aunque Takemichi no lo admitiría en voz alta, le reconfortaba saber que Manjiro estaba cerca.

Ahora, la tarde avanzaba lentamente, pintando el cielo con tonos cálidos de naranja y rosa. Takemichi estaba sentado en el porche de su casa, sosteniendo a Shinichiro en sus brazos mientras Bruce descansaba a sus pies. Manjiro estaba a su lado, observando el paisaje con una expresión tranquila, casi serena.

—Este lugar siempre me hace sentir en paz —murmuró Takemichi, acariciando con suavidad la pequeña espalda de su hijo dormido.

Manjiro, con la cabeza apoyada en una de las vigas del porche, suspiró con una sonrisa leve.

—Sí, es como si todo lo malo quedara atrás aquí —susurró—. Nunca pensé que podría sentir algo así otra vez.

Takemichi lo miró de reojo. A pesar de todo lo que habían pasado, había algo innegablemente reconfortante en la presencia de Manjiro. Tal vez porque, después de tantos errores y malas decisiones, finalmente parecían estar en el mismo camino.

—Shinichiro te adora —murmuró Takemichi con una sonrisa tenue—. Cada vez que te escucha, sonríe.

Manjiro giró la cabeza para ver a su hijo dormido. Con cuidado, deslizó sus dedos por los finos mechones oscuros del bebé, su expresión suave y contemplativa.

—Es curioso, ¿no? Nunca pensé que sería padre —admitió en voz baja—. Y mucho menos que encontraría paz en algo tan simple como esto.

Takemichi asintió, sintiendo que su pecho se llenaba de una calidez inesperada. La casa, el jardín, la tranquilidad del lugar... todo eso era importante, pero lo que realmente hacía que su vida tuviera sentido en ese momento era la familia que estaban construyendo.

Pero entonces, algo rompió la calma.

Un leve crujido resonó desde el interior de la casa.

Takemichi frunció el ceño y se irguió ligeramente. Al principio pensó que tal vez era solo el viento moviendo la madera, pero el sonido volvió a repetirse, más fuerte esta vez.

—¿Escuchaste eso? —preguntó, girándose hacia Manjiro.

—Sí —respondió él, entrecerrando los ojos—. Pero no parece nada grave. Tal vez solo es la madera del techo.

Takemichi asintió, pero algo en su instinto le decía que debía revisar. Con cuidado, se levantó, asegurándose de no despertar a Shinichiro, y se adentró en la casa.

Mientras caminaba por la sala, el crujido se hizo más evidente, como si el suelo estuviera cediendo bajo sus pies. Miró hacia arriba y notó pequeñas grietas en el techo.

De repente, un trozo de yeso cayó justo delante de él.

Su corazón se aceleró.

—¡Manjiro! —gritó, alarmado—. ¡Creo que hay algo mal con la casa!

Manjiro reaccionó al instante. Se levantó de un salto, dejando a Shinichiro en su cuna, y entró rápidamente. Su mirada recorrió el techo y las paredes, notando que las grietas se extendían.

El Amor De madre Donde viven las historias. Descúbrelo ahora