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La oficina estaba tranquila, con el sonido del bolígrafo de Takemichi deslizándose sobre el papel como único acompañante. La rutina se había convertido en su refugio, la única manera de mantener su mente ocupada y no pensar en todo lo que había perdido.

Desde que había tomado un rol más administrativo dentro del negocio de Manjiro, su día a día consistía en revisar documentos, organizar cuentas y asegurarse de que las cosas en los burdeles y en los locales de la organización se manejaran con la mayor eficiencia posible. Sabía cómo funcionaban esos lugares. Había estado en ellos, había visto lo peor y lo mejor de ese mundo. A veces se preguntaba si Manjiro lo había colocado en ese puesto precisamente por eso: porque conocía la suciedad y podía manejarla mejor que cualquiera.

Shinichiro dormía en su cochecito junto a su escritorio, su respiración pausada y tranquila. Cada tanto, Takemichi deslizaba una mano para acomodarle la manta, asegurándose de que no tuviera frío. Bruce, su perro, descansaba fielmente a sus pies, enroscado como si supiera que allí, al lado de su dueño, era el lugar más seguro.

Era una tarde como cualquier otra.

Hasta que la puerta de la oficina se abrió de golpe.

Takemichi levantó la mirada y, al ver quién era, sintió un peso incómodo instalarse en su pecho.

Senju.

Su cabello largo caía en ondas perfectas, su ropa era impecable y su sonrisa... Dios, su sonrisa le resultaba insoportablemente despreocupada.

—¡Takemichi! —saludó ella con alegría, como si fueran viejos amigos—. ¡Hace tiempo que no nos vemos!

Takemichi parpadeó, procesando su presencia. Por supuesto que la había visto antes, pero nunca de cerca, nunca lo suficiente como para tener una conversación.

Apretó los labios y se obligó a sonreír levemente, aunque su estómago se revolvía con incomodidad.

—Hola, Senju —respondió con una calma forzada—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a buscar a Manjiro, pero parece que aún está ocupado —dijo con un ligero encogimiento de hombros. Luego, su mirada se posó en el cochecito de Shinichiro—. Oh... ¿Ese es tu bebé?

Takemichi sintió un escalofrío de incomodidad recorrer su espalda. No le gustaba la forma en la que Senju observaba a su hijo, con curiosidad genuina pero sin el peso de la historia que había detrás.

—Sí —respondió simplemente.

Senju sonrió y se inclinó un poco para verlo mejor.

—Es precioso. Y tu perro también es increíble —dijo, estirando una mano para acariciar la cabeza de Bruce, quien, sorprendentemente, no reaccionó de mala manera.

Takemichi asintió, observándola con cautela.

Senju suspiró y tomó asiento en la silla frente a su escritorio. Su expresión se suavizó un poco, como si estuviera debatiéndose internamente sobre si decir algo o no.

—Siempre he querido tener un bebé —confesó de repente, con una sonrisa melancólica—. Pero... Manjiro me dijo que no podemos.

Takemichi frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

Senju bajó la mirada, jugando con los pliegues de su falda.

—Me dijo que... es infértil. Que nunca podrá tener hijos.

El bolígrafo se resbaló de entre los dedos de Takemichi.

¿Qué...?

Su mente se quedó en blanco por unos segundos.

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