Era el tercer y último día de mis días libres, y aún estaba acostado en la cama. El cansancio me invadía, pero no era solo físico, también mental. El trabajo de dama de compañía no era fácil, y aunque lo hacía por mi hijo, no podía evitar sentirme desgastado.
No recordaba la última vez que había podido dormir sin preocupaciones, sin ese constante peso en el pecho que me recordaba que cada día era una batalla. Cada cliente que atendía era un riesgo, una apuesta en la que a veces ganaba dinero suficiente para mantener a Shinichiro y otras, solo me quedaba con cicatrices invisibles que tardaban en sanar.
Con los ojos entrecerrados, intenté aprovechar los pocos minutos de descanso que me quedaban. Pero entonces, la imagen de un pequeño bulto acurrucado junto a un cuerpo sin vida apareció en mi mente.
Bruce.
Recordé el día anterior, cuando lo encontré en aquel callejón, temblando y acurrucado contra su madre muerta. Aún podía oír sus débiles gemidos, la forma en que su cuerpecito temblaba de frío y miedo. Me removí en la cama, incómodo con la sensación de tristeza que me invadía.
Bruce y yo no éramos tan diferentes.
Me encontré pensando en lo peligroso que era mi trabajo. En cuántas veces había tenido que soportar situaciones en las que mi vida pendía de un hilo. Clientes que cruzaban los límites, que me trataban como si no fuera más que un objeto, y la constante sensación de que, en cualquier momento, algo podría salir terriblemente mal.
¿Qué pasaría si un día no volvía a casa?
La idea me golpeó con más fuerza de la que quería admitir. Shinichiro era tan pequeño... Dependía completamente de mí. Si yo desaparecía, ¿quién lo protegería? ¿Quién velaría por él cuando tuviera miedo en la noche?
Unos ladridos suaves me sacaron de mis pensamientos.
Abrí los ojos y me incorporé de inmediato.
— ¿Bruce? —murmuré, frotándome la cara antes de levantarme.
Me dirigí hacia la habitación donde había dejado a Shinichiro, sintiendo una ligera preocupación.
Pero cuando entré, la escena que encontré me dejó sin palabras.
Shinichiro estaba fuera de su cuna, sentado en el suelo, riendo con una alegría tan pura que casi me hizo olvidar todas mis preocupaciones. Bruce estaba frente a él, moviendo la cola y lamiéndole las manitas con entusiasmo.
— ¿Cómo llegaste aquí, pequeño travieso? —le dije a Shinichiro, aún sorprendido.
No podía creerlo. ¡Shinichiro había logrado salir de su cuna solo!
Me acerqué y me arrodillé junto a ellos, observando cómo el cachorrito se acurrucaba contra el cuerpo pequeño de mi hijo, buscando calor y cariño. Shinichiro, con sus ojitos llenos de curiosidad, extendía sus manitas torpemente, tocando las orejas de Bruce y riendo cada vez que este le lamía los dedos.
— Así que ya se hicieron amigos, ¿eh? —susurré, acariciando la cabecita del cachorro.
Bruce levantó la mirada hacia mí con sus ojitos oscuros y brillantes, como si entendiera lo que estaba diciendo.
— Creo que te llamaré Bruce. ¿Te gusta ese nombre, chico?
El pequeño cachorro movió la cola con energía, como si aprobara la elección.
Shinichiro soltó una carcajada, emocionado.
— ¿Te gusta también, pequeño? —le pregunté a mi hijo, sonriendo.
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El Amor De madre
Hayran KurguTakemichi, un joven Omega de 22 años y padre soltero, lucha por superar el dolor Atrapado en el mundo de la prostitución, Takemichi se esfuerza por brindar un mejor futuro para su hijo, Shinichiro. A medida que Takemichi enfrenta su pasado y busca p...
