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El amanecer llegó con su acostumbrada suavidad, pintando la pequeña habitación con tonos dorados y anaranjados. Los primeros rayos del sol se filtraban a través de la cortina gastada, dibujando sombras alargadas en el suelo de madera. Abrí los ojos lentamente, parpadeando para despejarme de la sensación de pesadez en mi cuerpo. Dormir nunca era suficiente cuando la mente se mantenía alerta incluso en el descanso.

Suspiré y me incorporé en la cama con cuidado, asegurándome de no hacer ruido. A mi lado, en su cuna improvisada, Shinichiro dormía profundamente, con una de sus manitas sujetando la manta con fuerza. Se veía tan pequeño, tan frágil en medio de todo. Me incliné un poco, acariciando con suavidad su cabello oscuro y despeinado.

Hoy era su primer cumpleaños.

No sabía exactamente qué podía hacer para celebrarlo. No tenía dinero para comprarle juguetes costosos ni un pastel elaborado. Pero al menos, tenía estos tres días libres, y con eso bastaba. Pasaría el día con él, solo nosotros dos.

Con cuidado, me levanté y me dirigí a la pequeña cocina del apartamento. No era gran cosa: una estufa vieja, un refrigerador que hacía más ruido del necesario y un par de alacenas que apenas contenían lo básico. Abrí la nevera y revisé lo que tenía: algunas frutas, un par de huevos y un trozo de pan duro que probablemente ya estaba en sus últimos días.

No era un banquete, pero serviría.

Encendí la estufa y vertí un poco de aceite en la sartén. El chisporroteo del aceite caliente rompió el silencio de la mañana, llenando el aire con un aroma acogedor. Movía la espátula con calma, disfrutando de la simpleza del momento. Eran en estos instantes, cuando el mundo estaba en calma, donde me permitía bajar la guardia.

Pero la paz no duró mucho.

Un pequeño quejido sonó desde la habitación, un sonido adormilado pero cada vez más insistente. Sonreí sin pensarlo. Shinichiro se había despertado.

Dejé la espátula sobre la mesa y caminé hacia la cuna.

Allí estaba, mi pequeño. Se frotaba los ojitos con sus diminutas manos, aún sumido en la pereza del sueño. Su cabello oscuro estaba más revuelto que de costumbre, y cuando me vio, dejó escapar un pequeño sonido antes de estirar sus brazos en mi dirección.

— Buenos días, campeón —susurré mientras lo levantaba con cuidado.

Shinichiro se acomodó de inmediato contra mi pecho, encogiéndose como si aún quisiera seguir durmiendo. Lo mecí suavemente, sintiendo su calor contra mí. Era increíble cómo alguien tan pequeño podía llenar mi mundo entero.

— Hoy es un día especial, ¿sabes? —murmuré, apoyando mi mejilla contra su cabecita—. Vamos a hacer algo increíble, pero primero necesitas comer.

Sin embargo, justo en ese momento, recordé algo importante.

La estufa.

Mis ojos se abrieron de golpe.

— ¡Mierda!

Sosteniendo a Shinichiro con un brazo, corrí de vuelta a la cocina, apagando el fuego con rapidez. El olor a comida ligeramente tostada invadió la habitación, pero para mi alivio, la tortilla no estaba completamente quemada, solo tenía los bordes un poco más dorados de lo normal.

— Casi quemamos el desayuno, pequeño —bromeé, exhalando un suspiro de alivio.

Shinichiro no entendía nada, pero al escuchar mi tono divertido, soltó una pequeña risa. Su risa era suave, dulce, como el sonido de campanitas en un día soleado. Era el sonido más hermoso que había escuchado en mi vida.

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