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Empecé a escribir sin curarme de ti,
y fue la única forma de tenerte cerca de mí.
Verso tras verso me recosté en tu ausencia,
como quien duerme abrazado a la demencia.

Empecé a escribir pero mi cuerpo aprendió a vivir sin ti,
y ya no pude parar de sacarte de mí.
Te fuiste volviendo tinta, cicatriz, ceniza,
y yo, una poeta que sangra sin prisa.

Tu nombre se volvió eco en mis costillas,
y mis dedos temblorosos dejaron de buscarte en las orillas.
Hoy ya no te escribo para no perderte,
te escribo para aprender a dolerte.

Y aunque los años pasen como ráfagas sin tregua,
yo sigo volviendo a los rincones donde juraste buscarme.
Porque sí, aún te espero.
No porque deba… sino porque no sé hacer otra cosa.

Y lo sé. No es justo, ni sano.
Pero, amado mío… hay heridas que duelen bonito,
como esa flor que crece en la ruina de una promesa.
Y aunque el sol no me nombre y tú no regreses,
yo seguiré sentada en la orilla,
guardando el sitio donde dijiste que volverías,
como quien aún cree en las despedidas sin punto final.

El eco de un adiós Stories to obsess over. Discover now