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Los días pasan y aquí estoy,
junto a tu tumba sin sol,
entre flores marchitas y promesas que el viento no llevó.
El cielo se nubla cuando te nombro,
y mi voz se rompe como cristal bajo el lamento.

Los minutos caen como cuchillas lentas,
y mi amor por ti sigue ardiendo,
como el mismo fuego que no se apaga,
ese que habita dentro de mi pecho,
devorando cada rincón donde aún vivías.

No puedo odiarte…
lo intenté con rabia, con llanto, con tinta,
pero te amo, y eso me acobarda.
Porque amar a un fantasma es gritar en la nada,
y yo he gritado tanto que el silencio me aprendió de memoria.

Tu nombre aún tiembla en mis labios,
como si al decirlo pudieras regresar,
como si la tierra te dejara libre
sólo por oírme llorar.

Te busco en los sueños que no quiero tener,
en las sombras de la casa,
en los rincones donde reías.
Y cada recuerdo es un puñal envuelto en caricia,
una cicatriz que no sangra pero suplica.

Si el amor no basta para vencer la muerte,
entonces que al menos me consuma contigo,
porque sin ti, la vida pesa,
y este amor que me queda,
no sabe ser menos que eterno.

Y si algún día me ves desde otra estrella,
sabrás que mi pluma no ha dejado de buscarte.
Que escribo con la tinta que sangran mis venas,
que cada verso que nace es una plegaria disfrazada de arte.

He dejado cartas en la tormenta,
para ver si alguna te alcanza entre el polvo y el olvido,
pero sólo vuelve el eco,
susurrando que el amor que duele… también ha vivido.

Llevo tu ausencia como un tatuaje en el alma,
como lluvia eterna que nunca moja pero siempre cala.
Y aquí sigo, frente a tu tumba sin sol,
esperando que la muerte no me robe también la esperanza.

El eco de un adiós Stories to obsess over. Discover now