Capítulo 26 (+18)

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Pasada la medianoche los invitados se habían ido, dejándoles al fin el hogar a los recién casados. Yuki fue la primera en internarse en la habitación que compartían; con los nervios a flor de piel y ansiando este momento, su mente traicionera no la dejaba tranquila ante los posibles escenarios.

Todo el ruido mental se detuvo ante un sonido proveniente del pasillo. Alejando la mirada de la ventana, Yuki esperó, atenta, la entrada de Satoru. Después de todo, estos días serían solo para ellos en su nuevo hogar.

La presencia de Satoru llenó la habitación. Se veía sereno, sin embargo, había algo peligroso detrás de esa calma; su mirada era acechante, con fuego en los ojos. Yuki podía entender esos sentimientos a la perfección: ese nudo ansioso en su estómago. Ansiaba el contacto con él.

Satoru se acercó con calma, como si estuviera midiendo cada paso, sin apartar los ojos de ella, como un cazador a su presa. Cuando la tuvo en frente, no pudo evitar recorrer su rostro con la mirada.

—No puedo expresar con palabras lo hermosa que eres —su voz, sedosa, la hizo estremecer.

La mano de Satoru, inquieta, acarició su rostro con cariño solemne, como si el solo hecho de tocarla fuera el mayor de los honores que un hombre pudiera tener. Su mirada devota no se apartó en ningún momento; aquellos hermosos ojos azules la hipnotizaron.

Yuki lo sabía: había caído ante Satoru perdidamente. En ese instante podría hacer lo que fuera por él, pero había algo más peligroso detrás de los ojos del hombre; Yuki podía ver que Satoru quemaría el mundo por ella.

La mujer pelinegra no soportó más y rompió la tensión con un beso, calmado al comienzo, que fue tomando intensidad a cada segundo. Las manos de Satoru rodearon su cadera, atrayéndola hacia él, permitiéndose sentir lo duro de su cuerpo; aquel torso entrenado por horas.

—Quiero esto, Satoru. Quiero ser tuya —la voz le salía más baja de lo que hubiese deseado, pero Satoru no vio duda en sus ojos amatista. Podía verlos oscurecidos por el deseo, exactamente igual que los de él.

—Voltéate, necesito deshacerme de este molesto vestido —un susurro en el oído de la mujer terminó por erizar cada vello de su cuerpo.

Yuki obedeció, dándole la espalda. Podía sentir la mirada de Satoru recorriéndola de pies a cabeza. Sintió cómo él le apartaba el cabello sobre el hombro y cómo su aliento golpeaba su cuello, deteniendo su respiración. Satoru besó su piel ya descubierta mientras sus inquietas manos le recorrían la silueta, acercándose lentamente al broche del vestido.

—¿Estás segura? —besó su cuello mientras murmuraba esas palabras—. No creo poder detenerme una vez que empiece —soltó las palabras arrastradas, cargadas de un deseo que la hacía estremecer.

Gojo no perdió el tiempo; continuó besándola desde el hombro hasta el cuello mientras esperaba la respuesta. Yuki no pudo evitar girar la cabeza en sentido contrario, exponiendo más su piel para él.

—Satoru, por favor... —su voz sonó suplicante—. No quiero que te detengas.

Eso fue suficiente para el portador de los Seis Ojos. Sus manos, que se habían detenido en su abdomen esperando la respuesta, no tardaron en bajar el cierre del vestido, dejando que la tela cayera y revelando así la silueta de la mujer, cubierta ligeramente por una lencería blanca —cortesía de Shoko— hecha principalmente de encaje.

Satoru, con las manos en la cadera de la mujer, la volteó. Yuki pudo ver cómo aquellos ojos del color del cielo se encontraban tan oscuros como el océano.

JUNTOS; Gojo SatoruHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora