Capítulo 17

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Yuki pensó que, al volver a la mansión Gojo, todo sería más fácil. Después de todo, ya no era esa niña pequeña; ahora era una mujer fuerte, capaz de defenderse de los malos comentarios de su madre y de su suegra. Pero no fue así.

Los primeros meses resultaron sencillos: solo debía ser la esposa perfecta, esperar a Satoru mientras él iba a sus misiones, cada vez más largas, y en las que siempre se negaba a llevarla. Esa fue la primera traba. Yuki comenzó a sentirse sola. Ume se había quedado en Tokio junto a los hermanos Fushiguro y las gemelas; no querían exponer a los niños a la misma infancia que ellos tuvieron. De esa forma, los protegían tanto del clan Zen'in como de los ancianos del clan Gojo. Pero la distancia impedía que Yuki pudiera verlos tanto como deseaba, al igual que a sus amigos de la escuela, a quienes no había vuelto a ver desde la graduación.

A su soledad se sumaron las cartas constantes de su madre y de su suegra, preguntando cada vez con mayor insistencia cuándo tendrían hijos. Pero eso no estaba en sus planes. Apenas estaban comenzando a tener una relación estable, y ninguno de los dos estaba preparado aún para ser padres. Sin embargo, la "responsabilidad con el clan" parecía ser un recordatorio imposible de detener.

Todo empeoró durante una reunión con los miembros más importantes del clan. Satoru debía presentarse como "líder", y ella, como su esposa, debía acompañarlo. Los hechiceros más viejos no tardaron en recalcar lo "insólito" que era que aún no tuvieran hijos, argumentando que ya se le había concedido demasiada clemencia. Compararon su situación con la de las antiguas compañeras del portador de los Seis Ojos, quienes a su edad ya habían tenido al menos dos hijos. Las miradas intensas de los ancianos la hicieron sentir, de nuevo, como aquella niña de once años.

Pero había una diferencia: esta vez, Satoru estaba allí para defenderla. Al notar cómo Yuki comenzaba a hiperventilar, su energía maldita explotó en la sala, obligando a todos a guardar silencio.

—No voy a permitir que traten así a mi mujer —sentenció, con una frialdad que heló el ambiente.

La reunión terminó tan rápido como él dictó la advertencia: al próximo que se atreviera a meterse en su matrimonio lo castigaría, y en el mejor de los casos, con el destierro del clan Gojo.

Esa noche, Satoru se dedicó a mimarla. Le preparó un baño de tina, le llevó los mejores postres de Japón y, después, la arropó para dormir abrazándola. Ninguno de los dos se había atrevido aún a dar el siguiente paso en su relación. Satoru había considerado sacar el tema varias veces; ya no era un muchacho ignorante y había estudiado bastante, incluso con ayuda de videos y lecturas. Aun así, el recuerdo de lo mal que lo había pasado Yuki lo aterraba. Se seguía culpando, y a veces llegaba a pensar que ella evitaba ese tema porque aún le temía a él y a esas malas experiencias.

Los meses pasaron, y las misiones se volvieron rutina. Había semanas en que apenas se veían un par de horas. Para Satoru, aquello comenzaba a ser insoportable; ni siquiera en su tercer año había sentido tanta distancia. Solo quería tener, al menos por unos días, una vida de pareja normal junto a Yuki.

El límite llegó cuando lo enviaron durante un mes entero a África. Treinta días sin verla. Apenas regresó a Japón, fue directo a donde los ancianos, antes incluso de pasar por su casa, y declaró su suspensión de deberes hasta nuevo aviso. Había confirmado con Geto que él era el único saturado de misiones, un claro capricho de los viejos para mantenerlo ocupado. Por supuesto, su decisión no les agradó, pero Satoru Gojo disfrutaba demasiado llevarles la contraria.

Al día siguiente, ya estaba comprando boletos de avión con destino a Grecia.

Grecia era todo lo que Yuki había soñado: un lugar paradisíaco, con maldiciones escasas y, lo mejor de todo, con Satoru solo para ella.

—¿Disfrutas la vista? —Satoru apareció detrás de ella y la abrazó por los hombros.
—La vista de Santorini es aún mejor de lo que imaginé —susurró Yuki, recostándose en su pecho—. Me gustaría quedarme aquí para siempre. Lejos de todo, lejos de las maldiciones, del clan... solo contigo.

Aquella declaración inocente encendió las orejas de Satoru. A veces le resultaba extraño sentirse tan amado.

—¿Quién diría que eres tan posesiva, Yuki? Pues adelante, amor, me tienes completamente a tu disposición ahora mismo.

El aire cálido de su voz contra la piel de la pelinegra le erizó los vellos y revoloteó mariposas en su estómago. Solo él lograba ese efecto en ella. Yuki lo miró directo a los ojos, esos azules que la habían cautivado desde siempre, y sin poder resistirse bajó la vista hacia sus labios. Los besos de Satoru eran como tocar el cielo. Rodeó su cuello con los brazos y lo atrajo hacia ella.

La pasión la apretaba en el pecho, deseando más, pero siempre había una barrera invisible que los detenía, limitándose a unos cuantos besos intensos.

—¿Te parece si vamos a comer? —propuso Satoru, sonriendo, con esos hoyuelos adorables que tanto le gustaban a Yuki—. Vi un lugar en internet que te va a encantar.

Los días en Grecia fueron exquisitos. A Yuki le encantaba despertar con los cabellos blancos de Satoru desparramados sobre la almohada. Se veía adorable. A veces lo observaba en silencio, imaginando cómo serían sus hijos: ¿tendrían ese cabello blanco como la nieve, o su propio tono oscuro? ¿Las pestañas espesas de Satoru, sus labios definidos, su nariz respingada? El hombre a su lado era jodidamente atractivo; sus hijos no podrían ser de otra forma.

Yuki deseaba ser madre. Tal vez la influencia del deber impuesto por su clan tenía peso en ello, pero sentía que había algo más: quería ver a Satoru jugando con un pequeño, o dejándose peinar por una niña. Solo pensarlo le llenaba el pecho de calor.

Pero había algo que no podía olvidar.

El miedo.

El miedo a volver a perder a su pequeño. Aún tenía pesadillas sobre aquel día; aún la atormentaba la culpa. Aunque sabía que no había sido su culpa, que su cuerpo simplemente había reaccionado para protegerse. Su hijo había nacido con un poder inmenso que su cuerpo, todavía inexperto, no pudo sostener. Ahora ella era más fuerte, dominaba la energía inversa, y sabía que aquello no volvería a suceder.

Como médico, Yuki comprendía las alteraciones que podía sufrir su útero tras varios abortos. Su energía maldita podría reparar lo físico, pero no un corazón roto... ni la tristeza en los ojos de Satoru.

No, aún no estaba lista para ser madre. Aunque lo anhelaba con todo su ser, esta era una lucha que debía librar sola, y en la que ni siquiera Satoru podría protegerla.

JUNTOS; Gojo SatoruHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora