Capítulo 25

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El pequeño Megumi Fushiguro se acercó con un pequeño cofre de madera oscura.

Dentro, sobre seda blanca, se encontraban dos anillos. Simples. Dos argollas de oro blanco, sin piedras ni inscripciones visibles ante el ojo ajeno. Pero, en su interior, apenas una palabra estaba grabada:

Juntos.

Una palabra que Satoru había considerado —cuando fue en busca de los anillos junto a Megumi y Suguru— tenía el peso de todo lo que habían vivido. Cada problema. Cada etapa. Cada momento de felicidad. Siempre habían permanecido juntos.

Satoru tomó primero la joya de ella. La sostuvo entre los dedos con una calma que solo Yuki sabía reconocer como la versión más seria que él era capaz de ofrecer. El anillo se deslizó despacio, como si quisiera que el momento durara más de lo que esos instantes suelen durar.

—Soy tuyo, Yukiko Gojo, por siempre y para siempre —dijo, solo para ella.

Fue el turno de Yuki de tomar la argolla. Le tomó la mano —grande, cálida; la misma que la había sostenido siempre— y colocó el anillo en su lugar, sin prisa.

—Soy tuya, Satoru Gojo, por siempre y para siempre —respondió.

Azul y violeta volvieron a encontrarse, como lo habían hecho incontables veces antes.

Y el jardín, los árboles, las glicinas y los pocos testigos presentes guardaron silencio durante un instante.

Luego, Satoru le sonrió —una sonrisa relajada, de esas que solo estaban destinadas a ella— y dijo, con una voz lo suficientemente baja para que únicamente Yuki pudiera escucharlo:

—Eres lo mejor que me ha pasado.

Yuki parpadeó antes de que una mirada de ternura cayera sobre él.

—Eso es demasiado tierno, Toru.

—Shh... No lo digas ahora. Podría arruinar mi reputación.

Y le guiñó un ojo al terminar de hablar.

El celebrante, al ver concluir aquel momento cómplice entre los dos, habló con una sonrisa paciente.

—Puede besar a la novia.

No fue un beso como cualquiera habría esperado. Fue breve, suave y, sobre todo, honesto. El tipo de beso que no está hecho para una audiencia, sino para expresar todo aquello que solo existe entre dos personas que se aman.

Cuando se separaron, Megumi miraba el suelo con la intensidad de alguien que fingía no haber visto nada, aunque sus orejas ligeramente rojas lo delataban. Tsumiki, en cambio, aplaudía emocionada; aquello era mejor que todas las novelas que veía junto a Ume. Las gemelas también aplaudían con entusiasmo, preparándose para lanzar las flores cuando los recién casados pasaran junto a ellas.

Suguru, con su típica sonrisa relajada, aplaudía con una felicidad que iluminaba sus ojos. Shoko silbó una vez antes de unirse a los aplausos junto a una Utahime que ya no podía contener más las lágrimas de emoción. Y Ume, incapaz de ocultar la inmensa felicidad que sentía al ver a sus dos niños tan felices, se secaba los ojos una y otra vez, aunque nada lograba opacar la enorme sonrisa que llevaba en el rostro.

.

.

.

El jardín de la casa se transformó cuando cayó la tarde.

Las lámparas de papel encendidas a lo largo del camino de piedra le daban un ambiente casi mágico. La mesa larga estaba llena de comida y de voces. Esos sonidos que solo existen cuando las personas que se quieren se reúnen sin tener que aparentar nada.

Suguru y Shoko —cigarrillo en mano— conversaban en un extremo sobre temas triviales junto a una Utahime que ya había terminado de llorar y aceptaba su sentimentalismo con total dignidad, copa en mano. Las tres niñas más pequeñas correteaban por el jardín, robando dulces de la mesa y susurrándose secretos entre ellas. Ume recorría el lugar, asegurándose de que toda la organización se encontrara en perfecto estado.

Yuki observaba divertida cómo su esposo discutía con un niño de seis años sobre algo completamente insignificante.

—Te dije que vinieras con el otro color.

—¡¿Qué?! ¡Este es perfecto!

—¡Está horrible!

—No, tu cara es horrible.

—¡La tuya es aún más horrible! No sé cómo Yuki pudo casarse con un feo como tú.

Megumi tenía una expresión que decía claramente que, de no tratarse de la boda de alguien a quien apreciaba, aquella conversación ya habría escalado de otra forma. Desde donde estaba, Yuki no pudo evitar ocultar una risa. Ambos eran incorregibles.

Más tarde, cuando la noche había caído por completo sobre el jardín y las conversaciones se habían vuelto más suaves, Satoru apareció junto a Yuki con su andar relajado y un par de copas en la mano.

Le ofreció una.

Yuki la tomó.

Se quedaron de pie bajo las lámparas, contemplando el jardín lleno de las personas que amaban y escuchando el ruido vivo y desordenado de sus amigos.

—¿Cómo estuvo esta vez? —preguntó mientras dejaba un suave beso sobre la coronilla de la pequeña.

Yuki lo pensó durante un segundo.

—Mucho mejor que la primera vez.

—Bueno, tampoco era muy difícil superar aquella experiencia. Aunque me alegra haber cumplido las expectativas.

Ella lo miró de reojo, con una sonrisa que amenazaba con escapar de sus labios.

—Eres insoportable.

Satoru no tardó en soltar la carcajada que llevaba un rato conteniendo.

—Tal vez. Pero soy tu insoportable... para siempre.

Le mostró su nuevo anillo, reluciente; la promesa que ambos se habían hecho apenas unas horas antes. Yuki negó suavemente con la cabeza.

—Sí... Ya empiezo a arrepentirme. Tal vez el celebrante siga por aquí y todavía alcance a pedirle que cancele todo esto.

Satoru la miró con su clásica expresión de indignación mientras rodeaba su cintura con un brazo y la atraía hacia él.

—Dime si sigues opinando lo mismo después de esta noche —susurró suavemente junto a su oído.

—Satoru, compórtate. Estamos en público.

Él se apartó, no sin antes dejar un beso, más largo y lento de lo necesario, sobre el cuello de su compañera, acompañado de una mirada que no anunciaba nada bueno.

O tal vez anunciaba algo demasiado bueno, pensó fugazmente la pelinegra.




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¡¡¡¡¡Casados oficialmente!!!!

Espero les haya gustado el capítulo nuevo ₍ᐢ. .ᐢ₎ ₊˚⊹♡

Creo que necesito verme jjk de nuevo ; (◞‸◟)

para que vuelva la inspiración  (っ╥﹏╥ς)


JUNTOS; Gojo SatoruHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora