El sol se ponía tras los árboles del bosque, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. David conducía lentamente por la carretera que bordeaba el límite del pueblo, su patrulla rutinaria, la misma de siempre. La maldición seguía atrapándolos a todos, y él seguía cumpliendo con su deber, aunque su mente estuviera a miles de kilómetros de distancia.
En algún lugar de Nueva York, Regina estaba a punto de dar a luz a su hija. Su hija. Y él no podía estar allí. No podía verla, no podía tocarla, no podía saber si estaban bien.
El móvil de nubes seguía en la esquina del loft, sin montar. La cuna seguía vacía. Snow seguía diciendo que todo iba a salir bien, que encontrarían la manera de traer a la bebé a casa.
Pero David no lo tenía tan claro.
Apretó el volante, sintiendo la frustración acumulada en sus hombros, en su mandíbula, en su pecho. Llevaba semanas sin dormir bien, semanas soñando con una niña que no conocía y con una mujer que había dejado atrás, aunque su corazón nunca la hubiera soltado del todo.
Entonces, vio algo que le hizo pisar el freno.
Un coche negro. Un Mercedes. Avanzaba lentamente por la carretera, con las luces encendidas a pesar del atardecer. No era un coche cualquiera. Era un coche que reconocía. Uno que había visto cientos de veces, aparcado frente a la mansión de los Mills, en el garaje, en la calle principal de Storybrooke.
El coche de Regina.
David sintió que el corazón se le detenía en el pecho. No podía ser. No podía estar viendo lo que creía estar viendo. Pero el coche seguía avanzando, y cuando se acercó lo suficiente, pudo ver la silueta de una mujer al volante.
Regina.
Estaba de vuelta.
David salió del coche patrulla sin pensar, casi sin sentir sus propias piernas. Caminó hacia el Mercedes, que se había detenido en medio de la carretera, y cuando llegó al lado del conductor, sus ojos se encontraron con los de ella a través del cristal.
Regina lo miró. Su rostro estaba más delgado, más cansado. Sus ojos tenían ojeras profundas y algo más: una tristeza que no recordaba haber visto antes. Y su vientre seguía ahí, enorme, prominente. La bebé aún no había nacido.
David sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Había imaginado este momento tantas veces, en tantas versiones diferentes, que ahora que estaba ocurriendo no sabía qué decir.
- Regina - Logró articular, con una voz que no sonaba a él.
Ella abrió la puerta y salió lentamente, apoyándose en el coche para mantener el equilibrio. Su mirada era cautelosa, defensiva, como si esperara un ataque.
- David.
- ¿Qué? ¿Cómo? - Se pasó una mano por el cabello, aturdido - ¿Estás bien? ¿La bebé? ¿Por qué has vuelto?
Ella sostuvo su mirada un momento, y en sus ojos había algo que él no supo interpretar. No era amor. No era odio. Era algo más frío, más distante. Como si lo estuviera midiendo, evaluando, decidiendo si podía confiar en él.
- Ha pasado algo - Dijo al fin, con una voz que no dejaba espacio para preguntas - Algo que no puedo explicarte ahora. Pero la bebé necesita estar aquí. En Storybrooke. Es el único lugar donde estará a salvo.
David sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Ella había vuelto. Y no era por él. Nunca era por él.
- ¿A salvo de qué?
- De todo - Regina bajó la mirada hacia su vientre, y su mano descansó sobre la curva - Incluso de mí.
Antes de que pudiera responder, la puerta trasera del Mercedes se abrió y Henry salió, con su mochila al hombro. El niño lo miró con una mezcla de sorpresa y cautela, y luego se acercó a Regina, tomando su mano.
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Happiness
FanfictionCon la aparición de Emma Swan, la madre biológica de Henry, sus intentos por quedar embarazada cada vez la frustraban más gracias a Cora, su madre. Y su hijo asegurando que era la "Reina malvada", comenzaba a existir una grieta en la maldición que n...
