Coming up roses

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El centro comercial bullía con el ajetreo habitual de un sábado en Nueva York. Regina caminaba despacio, con una mano en la parte baja de la espalda y la otra entrelazada con la de Frederic. Treinta y ocho semanas y cada paso era una declaración de guerra contra su propio cuerpo, pero no iba a quedarse en casa. No cuando faltaban cosas. No cuando Henry y Cora estaban allí, ocupando su espacio, y ella necesitaba aire.

- Podríamos haber pedido las cosas por internet - Dijo Frederic, ajustando su paso al ritmo lento de ella - Amazon entrega en dos días.

- ¿Y perder la oportunidad de ver tu cara cuando te obligue a cargar las bolsas? - Regina sonrió, con una chispa de su antiguo humor - No es divertido.

- Ah, entonces esto es un castigo.

- Una prueba de resistencia.

Frederic rió, un sonido cálido que se perdió entre el murmullo de la multitud. Regina sintió que el peso en su pecho se aliviaba ligeramente. Desde que Henry y Cora habían aparecido, todo era tensión, secretos, explicaciones a medias. Pero aquí, en medio de las tiendas iluminadas y los escaparates llenos de cosas innecesarias, podía fingir que era solo una mujer embarazada de compras con su pareja.

La primera parada fue una tienda de artículos para bebés que Regina había investigado en internet. Había leído cincuenta y tres reseñas antes de decidirse por esta. No iba a dejar que su hija usara cualquier cosa.

Frederic la siguió por los pasillos con una paciencia que rayaba lo sobrehumano, observándola examinar cada body con la atención que otros dedicaban a documentos legales.

- ¿Este te gusta? - Preguntó, sosteniendo un conjunto de lunares amarillos.

- Demasiado amarillo - Dictaminó Regina - Los bebés no necesitan colores estridentes.

- ¿Y el rosa?

- No quiero que toda su ropa sea rosa. Puede tener otros colores.

- ¿Qué hay del verde?

Regina tomó el body verde, examinó la tela, las costuras, la etiqueta. Lo colocó en el carrito sin comentarios. Frederic sonrió. Había aprendido a leer sus silencios.

Así recorrieron la tienda. Regina eligió mantas de algodón orgánico, baberos con estampados de animales, un set de sábanas para la cuna en tonos grises y blancos. Frederic la seguía con el carrito, haciendo comentarios ocasionales que ella aprobaba o rechazaba con monosílabos.

En la sección de juguetes, se detuvo frente a un peluche de conejo con orejas largas y un lazo azul. Lo tomó, lo examinó, y por un momento, algo en su expresión se suavizó.

- ¿Ese? - Preguntó Federico, en voz baja.

- Cuando Henry era pequeño - Eijo Regina, con la voz un poco más ronca - Tenía un conejo así. Lo llevaba a todas partes. Lo perdió cuando tenía cinco años, en un viaje. Lloró durante semanas.

- ¿Se lo compramos?

- No - Dejó el peluche con cuidado - Ella tendrá los suyos. Sus propias cosas. Sus propios recuerdos.

Frederic no preguntó por qué no quería que la bebé compartiera algo con Henry. Algo en su tono le dijo que no era el momento.

Siguieron caminando. En la sección de pañales porque, como Regina le había explicado con la paciencia de quien ha leído todos los manuales, necesitaba pañales de diferentes tallas, no solo los del recién nacido, Frederic la observó comparar marcas con una intensidad que rozaba lo científico.

- ¿Te has dado cuenta? - Dijo él, de repente.

- ¿De qué?

- Llevas veinte minutos sin tocarte la espalda. Te has olvidado de que te duele.

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⏰ Última actualización: May 29 ⏰

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