#. Siete años

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Siete años tenía.
Siete años viendo cómo un amor se destruía poco a poco.
Siete años escuchando golpes atravesar las paredes,
gritos en medio de la noche,
puertas cerrándose de golpe,
insultos que se clavaban más fuerte que los puños.

Papá golpeaba a mamá.
A veces mamá golpeaba a papá.
Y yo, con siete años,
aprendiendo que el miedo también tiene sonido.

Siete años tenía
cuando tuve que cuidar a mi hermano,
cuando tuve que hacerme el valiente
aunque por dentro estuviera muerto de miedo.

Siete años tenía
cuando mamá enfermó,
cuando la depresión le robó la sonrisa,
cuando la vi caer en la calle,
desmayada,
y yo ahí,
llorando,
rodeado de gente extraña,
sin saber si mi mamá iba a volver a despertar.

Siete años tenía.
Un niño debería estar jugando.
Yo estaba aprendiendo a sobrevivir.

Pasé hambre.
Hambre de verdad.

De esa que te hace dormir para no sentir el estómago vacío.
De esa que te enseña a decir "no tengo hambre"
para que alcance la comida para alguien más.

Pasé frío.
Porque la ropa duraba hasta que se rompía.
Porque a veces no había para más.

Iba al colegio con los zapatos abiertos,
viendo entrar el agua cuando llovía.

Iba al colegio con mis cuadernos
dentro de una bolsa de basura,
porque ni siquiera había una mochila.

Y no te culpo, papá.
No te culpo por no estar.
No te culpo por desaparecer cuando más te necesitábamos.
No te culpo por dejarnos contando monedas
para ver si alcanzaba para comer.

No te culpo por los zapatos rotos.
No te culpo por el hambre.
No te culpo por las noches de miedo.
Tú elegiste tu felicidad antes que nosotros.

Y, si soy sincero,
creo que aún lo haces.
Pero te perdono.
No porque lo merezcas.
No porque todo haya estado bien.
No porque el niño que fui no siga llorando algunas noches.

Te perdono porque estoy cansado.

Cansado de cargar años de rabia.
Cansado de revivir la misma historia.
Cansado de seguir peleando una guerra que terminó hace mucho.
Te perdono porque no quiero parecerme al dolor que me dejaste.

Porque ya me quitó demasiadas cosas.
Mi infancia.
Mi tranquilidad.
Mi inocencia.
Pero no va a quitarme el resto de mi vida.

Siete años tenía cuando comenzó todo.
Y todavía estoy aprendiendo a vivir
con lo que esos siete años hicieron de mí.

Todo lo que no supe decirHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora