#. Agosto

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Agosto duele ahora,
duele de una forma que no sabía que existía,
porque ya no tengo tu mirada
para encontrarme en ella.

Agosto destruye,
porque ya no tienes los pies en la tierra
y yo sigo aquí,
aprendiendo a caminar
por un mundo donde ya no estás.

Ya no hay nadie
que me despierte con tostadas
con mantequilla y mermelada de moras,
ni un té esperando entre tus manos
como si las mañanas
pudieran ser eternas.

A veces me dan ganas de comerlas.
Las preparo,
las miro,
y por un instante
parece que vuelves.

Pero no vuelves.

Y entonces solo lloro.

Porque hay sabores
que también saben a despedida,
olores que guardan personas,
y lugares donde el corazón
todavía espera a quien ya no puede regresar.

Me duele.
Me destruye.
Me desarma.

Hay noches en las que sueño
que todavía vives,
que todavía estás aquí,
que puedo acercarme a ti
y abrazarte.

Y lo más cruel
es que puedo sentir tu aroma al despertar,
como si hubieras estado realmente conmigo,
como si ese abrazo
que tanto necesitaba
hubiera ocurrido.

Pero nunca ocurrió.

Me levanto medio dormida,
miro hacia todos lados,
buscando tu presencia
en las esquinas de la habitación,
en el silencio,
en el aire.

Como si una parte de mí
todavía creyera
que vas a aparecer.

Y cuando no te encuentro,
lloro.

A veces pasa en el metro.

Entre cientos de personas,
por un segundo,
te reconozco.

Mi corazón se adelanta a mis ojos,
mis piernas comienzan a correr,
y voy hacia ti
como si estos dos años
no hubieran pasado.

Pero cuando llego,
cuando te miro de frente,
no eres tú.

Es otra persona.

Y ahí entiendo,
una vez más,
que el duelo también es eso:

aprender a perderte
en personas que se parecen a ti,
en canciones,
en aromas,
en desayunos,
en sueños,
en un agosto cualquierba.

Dicen que el tiempo cura.

No sé si sea verdad.

Han pasado dos años
y todavía hay días
en los que tu ausencia
se siente recién ocurrida.

Como si acabaran de decirme
que ya no estás.

Como si mi corazón
todavía estuviera esperando
que alguien me diga
que todo fue un error.

Quizás eso sea el duelo:

saber que alguien se fue
y aun así buscarlo.

Saber que no volverá
y seguir esperando.

Seguir viviendo
con una puerta invisible
que una parte de ti
nunca deja de mirar.

Por eso creo
que agosto dolerá por siempre.

No porque nunca vaya a sanar,
sino porque hay personas
que no dejan de vivir en nosotros.

Y quizás tú seas eso:

un agosto que vuelve,
una taza de té que se enfría,
una tostada con moras,
un abrazo que nunca ocurrió,
un aroma que aparece en mis sueños,

y esa mirada
que todavía busco
entre toda la gente,

aunque sé
que ya no vas a volver.

Todo lo que no supe decirHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora