#. El hilo rojo que se rompió

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Dicen que existe un hilo rojo
que une dos almas destinadas,
un hilo invisible,
terco,
capaz de atravesar ciudades,
silencios
y años enteros.

Yo creí en él
porque te encontré.

Y qué manera tan cruel
de hacerme creer en el destino
para después enseñarme
que hasta el destino puede romperse.

Te quise
con esa clase de amor
que no sabe protegerse,
que entra sin pedir permiso
y deja la puerta abierta
para que después duela la salida.

Te quise en tus manos,
en tu voz,
en la forma en que pronunciabas mi nombre
como si fuera algo que querías conservar.

Te quise tanto
que llegué a pensar
que encontrarte
era la respuesta
a todas las veces que me sentí perdida.

Y entonces,
un día,
el hilo se rompió.

No hubo un ruido.

No cayó el mundo.

No se apagaron las estrellas.

Solo dejaste de estar.

Y yo tuve que aprender
que algunas tragedias
son silenciosas.

Que hay despedidas
que ocurren mientras todavía amas.

Que se puede perder a alguien
sin dejar de quererlo.

Y eso es lo que más me duele:

que no quiero olvidarte.

Quiero.

Dios, cómo quiero.

Pero hay una parte de mí
que todavía te busca
en cada canción,
en cada madrugada,
en cada lugar donde alguna vez
fuimos felices.

Hay una parte de mí
que todavía espera tu mensaje
aunque sabe
que probablemente nunca llegará.

Y qué vergüenza
seguir enamorada
de alguien que ya no me está esperando.

Qué dolor
tener tanto amor
y no tener dónde ponerlo.

A veces pienso
que quizás el hilo no se rompió.

Quizás fui yo
la que quedó sosteniendo
el último pedazo.

Ese pequeño hilo rojo
enredado entre mis dedos,
cortándome la piel
cada vez que intento soltarlo.

Porque soltarte
no significa dejar de amarte.

Y ese es mi castigo.

Que puedo aceptar tu ausencia,
pero todavía no sé
cómo aceptar un mundo
en el que tú no vuelves.

He sobrevivido días sin ti.

He sobrevivido
sin escribirte,
sin escucharte,
sin decirte que te extraño.

He sobrevivido otro día.

Y ahora solo me queda
el resto de mi vida.

Y le temo.

Le temo a todas las mañanas
en las que no estarás.

A todos los cumpleaños
en los que ya no sabré
si también piensas en mí.

A las canciones que algún día
dejarán de doler
porque quizás ya no recuerde
qué sentía cuando las escuchaba contigo.

Le temo a olvidarte.

Pero todavía más
me aterra no hacerlo nunca.

Porque ¿qué hago con este amor
si ya no tiene un lugar donde llegar?

¿Dónde dejo tus besos
que todavía viven en mi memoria?

¿Dónde entierro
todo lo que imaginé contigo?

¿Dónde pongo
el futuro que construí
sin saber que estaba construyéndolo sola?

Quizás eso fue lo más cruel:

yo estaba enamorándome de una vida contigo
mientras la vida
ya estaba aprendiendo a separarnos.

Y ahora estoy aquí,
mirando el extremo roto del hilo,
preguntándome
si alguna vez volverá a encontrarse con el tuyo.

Sé que debería soltarlo.

Sé que debería dejar que el viento
se lleve lo que queda.

Pero todavía no puedo.

Porque aunque me hayas dejado,
aunque el hilo se haya roto,
aunque nuestras manos
ya no se busquen...

hay una parte de mí
que todavía te ama
como si nunca hubiéramos terminado.

Y quizá ese sea
el verdadero duelo:

no dejar de amar a alguien,
sino aprender a vivir
con todo el amor
que ya no puedes darle.

Todo lo que no supe decirHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora