36. El juego

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Me desperté agitada porque la almohada que tenía en el rostro me impedía respirar.

La tiré al piso por casi matarme y me giré en la cama topándome con Connor, quien estaba junto a mí, durmiendo.

— ¿Connor? — lo llamé y él suspiró.

— ¿Qué?

— ¿Y si hacemos un muñeco? — él sonrió con los ojos cerrados.

— Eres una estúpida — dijo con su voz de dormido.

— Tenías que continuarla...

— No la recuerdo.

— No me mientas, lavandina con patas — él me miró y se rió.

— Sé que envidias mi sexy cabellera...

— La mía es mejor. Pero la tuya se parece a la de Elsa.

— Soy su mellizo perdido.

— Oigan, a ver si se callan — nos dijo Daxon quien dormía en los pies de la cama.

— Eso — lo apoyó Ashton — nosotros queremos seguir durmiendo.

— Cierra la boca, morcilla.

— Perra...

— ¡Charly pronto, despierta! ¡Secuestraron a Daxon y a Ashton! — gritó papá a la vez que abría la puerta de mi habitación de un portazo.

Con los mellizos y Connor nos sentamos en la cama para mirarlo.

— ¿Qué?

— ¡Oh dios, gracias al cielo que están aquí! — Suspiró aliviado — mejor llamo a la policía para decirles que era una falsa alarma.

— ¿Llamaste a la policía?

— ¿Qué querías? ¡Estaba preocupado por mis polluelos!

Rodé los ojos y papá se fue.

— ¿Qué hora es?

— Las dos de la tarde — respondió Connor.

— ¿Nos levantamos?

— Sí, tengo hambre.

— ¿Cuando no? El gordo bondiola, tenía que ser.

Ashton me golpeó por encima de Connor.

— Cierra la boca, pulgosa.

— Tu ciérrala — lo golpeé también.

— Quietos — gruñó Connor. — Dañan mi delicado rostro y todo se va al carajo.

— Bueno a la cuenta de tres nos levantamos — propuso Daxon.

— Bien.

— Uno, dos — contó. —, dos y un cuarto... dos y dos cuartos...

— ¡Cinco! — gritó Ashton y se levantó.

— Estúpido, era hasta el tres — le recordé.

— Carajos.

— Que idiota — dijo Daxon riéndose de él.

Con Connor nos miramos y juntos lo empujamos con los pies hasta que se cayó de la cama.

— Imbéciles caras de pene — gruñó.

— Daxon — Kendall entró a la habitación. — Acabo de recibir un mensaje de Tylor, el partido comienza a las ocho, pero nosotros tenemos que estar media hora antes.

— ¿Para qué me lo dices? ¿No íbamos a ir todos juntos? — le preguntó desde el suelo.

— Sí, es por si me olvido.

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