Sintiendo que el ritmo de sus latidos aumentaba por segundo, Sylvain notó los dedos de su compañero acariciar su nuca. Este hecho, además de ponerle la piel de gallina, le inspiró una serie de sentimientos que dudaba que algún día llegase a poner en orden, y trataba de engañarse a sí mismo todavía. Desde luego, aquel no era momento para pensar.
Distanciándose un poco de él, Sylvain esbozó una gran sonrisa llena de gratitud que, además de hacer sonreír a Jacques también, hizo que se olvidase del sobresalto.
—Espero que lo guardes muy bien —dijo Jacques—. Como yo me entere de que le pasa algo... No respondo de mis actos.
—Lo guardaré como el tesoro que es, no lo dudes —no mentía, pensaba esconderlo a conciencia para que Chrystelle ni los empleados del hogar lo descubriesen y comenzasen a hacer preguntas—. Gracias, Jacques. De verdad, no tenías por qué hacer nada de esto pero... Gracias.
—No las des. Simplemente era algo que quería que conservases tú en mi lugar.
Sin dejarle que dijese nada más, el noble volvió a guarecerse en sus brazos, sintiendo los latidos de Jacques contra él. Éste no dudó en volver a abrazarlo, incapaz de reprimir una pequeña sonrisa.
—¿Qué ocurre, Sylvain? Te noto bastante extraño.
—Te he echado de menos.
—Me temo que yo también —respondió en un murmullo.
Separándose de él con lentitud, Sylvain decidió armarse de un valor que nunca fue suyo.
—¿Todavía sigues enfermo? —inquirió.
—Sí, y cada vez va a más.
—¿Qué puedo hacer para que sanes?
Jacques no respondió enseguida.
—No creo que esto tenga cura, Sylvain. Es algo complicado.
—¿Y si... te confesase que yo también estoy enfermo?
Sin decir nada en ese momento, Jacques se separó un poco más de él. Sylvain, por su parte, sentía que realmente iba a perder el corazón en el intento. Le quemaba. Combustionaba en su interior como si de pólvora se tratase, aunque era un fuego agradable.
El oscuro cielo que se reflejaba en los ojos de Jacques, además de su rostro perfilado por la luz de la luna, le otorgaban una apariencia más que solemne. Éste le regaló una diminuta y apenas imperceptible sonrisa.
—París nos espera —dijo al cabo de un rato, ocultando cualquier tipo de emoción—. Y la noche no es eterna.
Comprendiendo a qué se refería y callando, Sylvain asintió en silencio y le siguió.
Sin atreverse a decir nada, el noble caminó a su lado, concentrándose en los charcos que trataba de esquivar con agilidad. Jacques miraba hacia cualquier parte delante de ellos, inexpresivo. Aquella seriedad suya era la causante del terror que azotaba la conciencia del Lemierre. ¿Qué diablos acababa de pasar? ¿Y si todo no habían sido más que imaginaciones suyas? ¿Y si se había estrellado? ¿Se habría enfadado con él?
Por fortuna, pronto se deshizo de aquellas dudas. Apartando el cargo de conciencia por escaparse de casa, Sylvain fue testigo de un notable cambio en el humor de su compañero.
Una vez en los barrios principales de la ciudad, la cual a pesar de la hora que era continuaba albergando bullicio entre sus calles, Jacques guió a Sylvain por una serie de amplios y luego más estrechos callejones, en los que el noble apenas podía distinguir el final a causa de la bruma. Tras preguntarle a dónde le llevaba, Jacques tan sólo le dijo que era un secreto y que, por consiguiente, no podría revelárselo todavía. Sylvain no insistió más por miedo a molestarle, si acaso lo estaba, y dejó que lo perdiese entre las oscuras, grises y mohosas fachadas de aquella zona. Cuando creía que aquello era un completo laberinto de calles, gente andrajosa y desconfiada que les miraban con mala cara y más y más charcos por doquier, Jacques pareció decantarse por una última bocacalle, tremendamente bien escondida y alejada.
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Sylvain ©
Tiểu thuyết lịch sử#1 en novela histórica - 29/12/16 De la mano de los ilustrados y de las ideologías liberales, Sylvain-Dennis Lemierre se ve acorralado por la mentalidad aristocrática de su ambiente en la Francia del siglo XVIII, pese a haber nacido en el seno de la...
