Sylvain desparramó las cartas sobre su buró tras alumbrarse con el candil.
Su única compañía aquella noche era una luna creciente que, en la lejanía, le sonreía afable. Se había asegurado de que la puerta de su alcoba no pudiese abrirse desde fuera y, con un pesado suspiro, procedió a intentar encontrar un orden cronológico en aquellos escritos.
La que creyó que era más antigua, de hacía siete meses, era de Charles. Sorprendido, Sylvain descubrió que se dirigía a su tío Ludovic. ¿Cuántas personas sabían de su existencia en aquella casa de locos? Eso contando con que Chrystelle se la hubiera entregado a su destinatario, si es que acaso había decidido confiscarlas todas.
«Estimado tío,
A pesar de la congoja que aprisiona mi corazón, he logrado regresar a París sano y salvo. Louis y los demás se encuentran bien, pero casi preferiría que ardieran en el infierno en estos momentos. Todo fue una falsa alarma. Al poco de llegar me recibieron en el sótano que antes fue de Rob, con cánticos y buen vino, pero apenas pasaron veinte minutos cuando un par de guardias reales irrumpieron en la celebración. Todavía maldigo el momento en el que recibieron de sus manos aquellas bolsas de monedas con una sonrisa frívola. Me habían tendido una trampa, ¡a mí! ¡El que les salvó la vida hace más de siete años cuando los llevé a Brandenburgo! ¡Me habían vendido como una sucia rata!
No te alarmes, pues el juicio fue rápido. Apenas me hicieron algunas preguntas irrelevantes para comprobar quién era yo, y no tuve más remedio que decirles la verdad. Por suerte el juez designado para el caso conocía a mi padre, y comenzó a hablarme de él en mitad del interrogatorio. Este hombre se llamaba Sébastien Focault, si no me equivoco. No sé qué hubiera sido de mí si no hubieran sido amigos de jóvenes junto con Alain. Probablemente no se habría apiadado de la falta de pruebas que me mantenían como principal sospechoso de aquel asesinato, y decidió dejarme marchar.
En estos momentos me hospedo en casa de los Villeneuve, pues no me atrevo a regresar a nuestro hogar a las afueras todavía. El juez me aconsejó que evitara ser visto por las calles con mucha frecuencia; el otro día mataron a pedradas a un sobrino del señor Allamand por andar en el lugar equivocado y en el momento equivocado. ¡Pobre criatura! Apenas tenía la edad de mi hermano cuando me marché.
Mi querido tío, dime que todo va bien por allí. Dime que mi madre sabe de mi recién adquirida libertad y que regresaré a Livorno en cuanto pueda. Ardo en deseos por volver a ver a mi muy preciosa Evelyn, pero sobre todo al pequeño Sylvain. ¿Cómo está últimamente? ¿Qué es de él? ¿Le ha costado adaptarse a su nuevo hogar? Le pagaría al diablo con mi alma si tan sólo pudiera verle una vez más. Apenas me imagino cómo ha de haber crecido ese bribón.
Mis más sinceros deseos,
Charles-Jean.»
Sylvain hizo un esfuerzo por sobreponerse a las lágrimas. Se preocupaba por él... Seguía pensando en él y quería verle, a pesar de todos los años que había estado sin verle. Apenas se sorprendió en cuanto mencionó a Evelyn, sintiendo cierta dicha al comprobar que, en efecto, eso le convertía en el tío sanguíneo de la pequeña Léonore. No obstante, una duda aún mayor carcomía su atormentado espíritu. Esa carta había sido escrita hacía siete meses y, si era libre, ¿por qué no había regresado aún? ¿De qué asesinato hablaba? ¿Por qué nadie parecía saber de su existencia en aquella casa salvo Chrystelle y su tío?
Continuó buscando entre la cartas, encontrando al menos seis de Jacques y el resto de Charles. Con el corazón en la garganta, decidió no recrearse demasiado en la lectura de las del Chardin. No, no lo haría. Ya lo había superado, aunque no descartaba responderle dándole las gracias por haberle advertido. En todas sus cartas rogaba que le perdonase cuando no hablaba de Charles, y se lamentaba de la muerte de su madre, de cómo su padre acabó abandonando su hogar para no volver de nuevo. Su corazón se estremeció cuando leyó en una de ellas que el alcohol era lo único que paliaba su dolor, y Sylvain tuvo que dejar de leer por unos momentos.
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Sylvain ©
Ficción histórica#1 en novela histórica - 29/12/16 De la mano de los ilustrados y de las ideologías liberales, Sylvain-Dennis Lemierre se ve acorralado por la mentalidad aristocrática de su ambiente en la Francia del siglo XVIII, pese a haber nacido en el seno de la...
