El rostro de su madre pronto perdió cualquier signo de expresión. Habían pasado dos días desde la última tormenta, pero pareciera que las nubes todavía rondasen alrededor de su madre y él.
Caminaban juntos por uno de los senderos de tierra que cruzaban las campiñas cercanas, bajo el radiante sol que los saludaba. Momentos antes le había comunicado su decisión de regresar por unos días a París, buen conocedor de la reacción que acababa de ver.
—Hijo mío... Sé que lo que te hice cuando llamé a aquel doctor no fue lo apropiado, y sabes que me arrepiento profundamente de ello —dijo, batiendo su abanico con desaire—. Hay... hay muchas cosas que todavía me cuestan aceptar o entender, pero no quiero ver cómo el único hijo que me queda también se me marcha.
—Os he dicho que volveré, madre. No planeo quedarme allí.
—Aunque lo hagas sufrirás aún más de lo necesario. El amor es demasiado peligroso cuando tantas leguas de tierras separan a sus partícipes.
Aquella era la primera vez que la oía hablar de amor en su presencia en lo relativo a Jacques. Advertía desazón en su voz y sus ojos lo esquivaban, incómoda, pero sabía que aquello era un gran avance entre ambos.
—No lo sé, Sylvain... Algo me dice que no deberías regresar, y cuando me pica la cicatriz de la rodilla, no me equivoco.
—Sedme sincera, madre. ¿Lo decís porque verdaderamente estáis preocupada por mí o porque no queréis que me vaya?
—Ambas cosas pesan sobre mi corazón por igual. Pero me quedaría más tranquila si dejaras ir a ese hijo de sastres —dijo, meneando la cabeza—. Hay algo en él... No, olvida lo que he dicho.
—¿Qué hay en él?
Intrigado, Sylvain se detuvo en su caminar, provocando que su madre también lo hiciese poco después. Temía que, en efecto, confirmase sus sospechas, pero por otra parte no quería que dijese alguna falsedad sobre él.
—Cuando me dijiste que era él el hombre al que tanto amabas y que tanto te amaba a ti... No me encajó del todo bien —respondió, aproximándose a un banco de piedra cercano, al borde del sendero—. Sé que habéis sido amigos desde la infancia, pero nunca concebí que él fuera ese tipo de hombre.
Entendió a lo que se refería. Acompañándola, tomó asiento junto a ella en cuanto recogió un poco las faldas de su vestido.
—¿A qué os referís exactamente?
Anne-Marie sacudió la cabeza con lentitud, descansando las manos y el abanico sobre su regazo. Aquella mañana no se había maquillado excesivamente, y Sylvain la encontró más bella de lo habitual. Hacía tiempo que había reemplazado las blancas pelucas por su cano cabello al natural. Estaba envejeciendo bien en todos los sentidos, se dijo.
—Siempre vi a Jacques como un muchacho formal, por supuesto. Conmigo se portó de maravilla en todo momento, pero su forma de expresarse y de actuar me recordaba a la de un joven libertino de ciudad. Incluso me hizo creer que verdaderamente estaba prometido —miró a Sylvain, apesadumbrada—. En cualquier caso tú lo conoces mejor que yo, por supuesto. Eso son sólo mis sensaciones, pero a día de hoy me cuesta creer que verdaderamente... Bueno, sea así.
—Entonces, ¿qué os parezco yo?
La pregunta la hizo enmudecer de pronto, pero no porque la sorprendiera. Supo que, a juzgar por la forma en la que torció sus labios, estaba escogiendo las palabras adecuadas.
—Ahora que podido conocerte de verdad en estos meses, no tengo más remedio que aceptar que siempre has sido así, aunque nunca haya querido darme cuenta de ello —respondió, su voz una lírica triste—. Tus constantes oposiciones a querer hallar una mujer, a veces tu forma de moverte al hablar, tu fragilidad... Has sido diferente de los demás durante toda tu vida, y lo achacaba a la ausencia de tu padre o de tu hermano. Supongo que no puedes evitar ser lo que eres, aunque me duela en lo más hondo de mi alma.
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Sylvain ©
Historical Fiction#1 en novela histórica - 29/12/16 De la mano de los ilustrados y de las ideologías liberales, Sylvain-Dennis Lemierre se ve acorralado por la mentalidad aristocrática de su ambiente en la Francia del siglo XVIII, pese a haber nacido en el seno de la...
