El sol se colaba a través de las hojas para parchear la verde y mullida hierba que ocupaban, pero Sylvain se mantenía a la sombra de un viejo y frondoso manzano. La fresca brisa del Mediterráneo acariciaba sus cabellos con suavidad, y el aroma a mar despejó por unos momentos sus fosas nasales.
Habían decidido dejar pasar unos cuantos días para que la hinchazón de su nariz desapareciese, y ya apenas había rastro del mismo. Había tenido la inmensa suerte de conservar tan sólo un pequeño cardenal morado a un lado de la nariz, pero Darrell le había segurado que no lo incluiría en su retrato.
En la campiña más cercana a la propiedad de Ludovic, a apenas cinco minutos de paseo, Sylvain descansaba sentado sobre una silla de madera. También aprovechando la sombra del manzano, tanto su madre como Savary habían decidido acompañarles aquella tarde, y charlaban animadamente con el pintor.
Darrell había traído consigo un caballete portátil y los materiales que necesitaba para comenzar el boceto. De un humor tan bueno como el día que hacía, el inglés les había asegurado que no era ninguna molestia desplazarse hasta allí cada tarde. Sylvain se sonreía, pues el propio Darrell estaba tan ilusionado con el retrato que apenas se parecía al hombre tan tosco de la taberna.
—Ahora mismo no me interesa demasiado la luz, por lo que ahí estáis bien —le dijo a Sylvain, sentándose tras el lienzo mientras buscaba un carboncillo—. Mirad aquí arriba —señaló la pieza central del caballete que sobresalía tras el lienzo—. Si os cansáis después de un rato decídmelo.
Sylvain obedeció en silencio, relajando su rostro y su postura mientras observaba el punto que le había pedido, procurando no moverse mucho.
—Hacía tiempo que debería haberle pedido a alguien que nos hiciese unos cuantos retratos, ¿sabéis? —dijo Anne-Marie mientras se abanicaba con tranquilidad.
—No creo que debáis distraerle —intervino Savary, frunciendo el ceño—. Acaba de empezar ahora mismo.
—No se preocupen. Agradecería mucho que me dieran conversación. No conviene que esto sea tan aburrido.
Sylvain sonrió al escucharles, complacido. Aún no sabía de lo que habían hablado exactamente Savary y su madre hacía más de un mes, pero no podía estar más agradecido al ver que habían vuelto a dirigirse la palabra. Se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba que la paz y la armonía reinase dentro de su familia, pues conseguía reflejarlas en su estado de ánimo.
—En ese caso, permitidme que os pregunte, mi señor. ¿Qué hace un inglés que habla francés en tierras italianas? —preguntó Anne-Marie sin rodeos. Tal vez no hubiera sido tan buena idea dejar que viniera, pensó Sylvain. No quería que acabara incomodándolo con demasiadas preguntas.
—Es una larga historia, pero digamos que estudié francés durante mi infancia y me trasladé aquí por cuestiones académicas —respondió Darrell con templanza, y Sylvain pensó que podría quedarse dormido oyendo su relajante acento.
Su madre se quedó en silencio, esperando probablemente que le dijese algo más.
—Sois un hombre de concisas palabras, por lo que veo —dijo, ligeramente decepcionada.
—No se me suelen dar bien.
—Lo que creo que ocurre es que lo habéis agobiado, Anne-Marie —intervino Savary, intercambiando una divertida mirada con su alumno.
Darrell pareció no entender el sarcasmo que acababa de utilizar, y lo miró entrecerrando ligeramente los ojos. No obstante, pronto relajó el gesto y continuó con su tarea, observando el rostro de Sylvain con atención.
—Tonterías, Alain. ¿Os he agobiado con mi pregunta, señor?
—En absoluto, madame.
—¿Y cómo es que un caballero de vuestra estampa no ha conocido esposa? Porque, ¿cuántos años tenéis?
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Sylvain ©
Historical Fiction#1 en novela histórica - 29/12/16 De la mano de los ilustrados y de las ideologías liberales, Sylvain-Dennis Lemierre se ve acorralado por la mentalidad aristocrática de su ambiente en la Francia del siglo XVIII, pese a haber nacido en el seno de la...
