36. La bendición

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Los primeros rayos de luz de la mañana rodearon a Sylvain en cuanto terminó de escribir y cerrar las cartas. Había pasado más de veinticuatro horas despierto y, a causa de ello, un terrible dolor de cabeza amenazaba con hacerlo caer rendido en cualquier momento. Estaba exhausto y apenas podía tenerse en pie, pero una fuerza superior a él lo empujaba a continuar despierto.

Tras pedirle a Arélie que entregase las cartas al mensajero con máxima urgencia, Sylvain volvió a sentarse en la incómoda silla que yacía frente a la cama de su madre. ¡Cómo le dolía el cuerpo! Pero no, no se quejaría. No era justo que lo hiciera cuando Anne-Marie estaba frente a él en tan deplorable estado, aún dormida.

Su pobre y adorada madre...

Había tardado más de lo que quiso en escribir aquellas cartas debido a las palabras del doctor que, aún ahora, seguían danzando en su mente. Todavía recordaba la repentina debilidad que lo sacudió al oír que, al no haber sido tratada con anterioridad, su mal pulmonar era tan irreversible como inevitable. A pesar de no haber querido darle una cifra, le había quedado más que claro que apenas sería cuestión de semanas, días tal vez.

Lo primero en lo que pensó al procesar aquel fue en Savary. Sorprendentemente, Sylvain todavía no había derramado ni una lágrima ante la desgarradora noticia que había provocado el derrumbamiento de su mentor. Ni siquiera podía imaginar cuánto dolor se agolparía en su alma tras saber con antelación que acabaría perdiendo al segundo amor de su vida.

Algo dentro de Sylvain se negaba a aceptar que algo así fuera a ocurrirle a su madre, y todavía podía oír a Savary lamentándose de que la muerte fuera a llevársela a ella antes que a él. Era injusto, decía, terriblemente injusto que le tocara vivirlo de nuevo... y no le culpó.

A lo largo de aquella noche, Sylvain se había dedicado a encerrarse tras la coraza que una falsa esperanza le otorgaba en pos de no sucumbir al llanto, o a la desesperación. Tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo, pues fue consciente algo tarde de que pretendía ser la fortaleza que acababa de flaquear en su familia. Estaba muy seguro de su papel y, sin embargo... ¿Cómo podía ser tan hipócrita consigo mismo y con los demás?

Cuando Anne-Marie abrió los ojos, una débil y apenas perceptible sonrisa decoró sus mortecinos labios en cuanto vio a su hijo. Éste se percató de su movimiento y, con cuidado, tomó la mano que su madre le tenía para buscarle a tientas en el aire. Sylvain hizo un sobreesfuerzo por mantener la compostura, dedicándole una cálida sonrisa de vuelta.

—Mi pequeño... Te ves horrible. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?

Sylvain sacudió la cabeza. Hasta su voz parecía haber sucumbido a la realidad a la que debía enfrentarse, pues Anne-Marie había sido perfectamente consciente de todo cuanto se había hablado en aquella habitación.

—No importa cuánto lleve despierto. Estoy bien —respondió, acariciando su mano con cariño—. Intenta seguir durmiendo, mamá.

Conmovida por su apelativo y su registro informal, Anne-Marie amplió su sonrisa. Cerró los ojos durante unos momentos, extremadamente agotada. La palidez de su rostro y la oscuridad de sus ojeras parecían aportarle muchos más años de los que tenía en realidad. Apenas quedaba una huella de la belleza juvenil que había conseguido mantener intacta hasta su cincuentena.

—Estoy cansada de dormir. Quiero aprovechar el tiempo hablando con mi niño —replicó en un murmullo—. ¿También vas a quitarme eso?

Sylvain no respondió. ¿Cómo podía verse tan tranquila aún sabiendo que su irremediable final estaba cerca? ¿Qué clase de tranquilidad la dominaba que podía hablar con tanta soltura? Él... Él nunca lograría ser tan valiente como ella, pensó con congoja. Ese tipo de valentía no se heredaba, ni se aprendía. Simplemente se nacía con ella.

Sylvain ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora