Capítulo 1: La marcha de Lía

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—¡Elizabeth! —me llamó mi hermana.

—¿Qué quieres, Lía?

Ella es dos años más mayor que yo. Tiene diecisiete. Es rubia, de ojos marrones. Me lleva un par de centímetros, ya que no es excesivamente alta. Su carácter es insensato, pero protector. Me refiero a que ella juega con su vida como si no fuese importante, en cambio, si se trata de la de los demás, no duda en salvarla. No entiendo eso, pero intento no reprochárselo.

Cuando llego al pequeño saloncito de nuestra casa, veo a mi hermana sentada en el sofá, me indica que haga lo mismo.

—Necesito que le digas a papá que me he ido a la casa de nuestros abuelos a vivir una temporada. —Respiré ondo para asimilarlo. A nuestro padre nunca le habían gustado los abuelos por parte de mi madre. Jamás hablaba con ellos. La única vez que les dirigió la palabra fue en el entierro de mamá, pero solo unas pequeñas frases. Seguía sin creerme que Lía le fuese a hacer eso. Era algo impensable.

—Pero... ¿por qué has decidido hacerlo?

—No me voy a ir allí. —Lía cerró los ojos con fuerza—. Me refiero a que le digas a papá que me voy ahí para que no se preocupe. Si quieres no le cuentes nada, pero es mejor que lo hagas.—Seguía sin saber qué responderle. ¿A dónde iba a ir? ¿Y por qué? Demasiadas preguntas que no podía pronunciar. Me había quedado paralizada.— Lo siento Eliz, me voy para no volver. Por favor, no hagas esto más difícil, estarás bien. Quédate con papá y cuida de él. Te necesita.

—Por favor, no te vayas, yo también te necesito... —Fue lo único que pude articular. Me acarició la mejilla y me dio un beso en la coronilla de la cabeza.

—Debo hacerlo. Ahora hazme una promesa, no me busques.

—Pero... ¿a dónde irás?

—No te lo puedo decir, —se mordió el labio— es demasiado peligroso.

—No lo entiendo.

Ya no pude añadir nada más porque se fue. Con esa pequeña despedida. Se fue. No volvería a verla. Se iba para siempre a un lugar desconocido. Me dejaba aquí y no entendía el motivo. Las lágrimas no dejaban de rodar por mis mejillas.

Cuando por fin reaccioné, salí corriendo de la casa, pero ya no la veía. La busqué toda la tarde por las calles. No estaba. En el momento en que ya no me pude mantener en pie, me quedé dormida en un banco. Fue mi padre el que me encontró. Me dejó en mi cama sin hacer ninguna pregunta.

Esa noche, soñé con Lía. Andábamos de la mano por el paseo marítimo. Íbamos sonrientes. De pronto, me soltó y empezó a correr muy rápido. No podía atraparla, y mientras gritaba su nombre, me desperté. El sueño se había acabado. Lía no estaba.

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El silencio era sepulcral. Eran las siete de la mañana. Me levanté, ya que no tenía sueño. Mi padre seguramente seguiría durmiendo, así que decidí ir a hacerme el desayuno. Me hice unas tostadas y me serví un zumo de naranja. Haciendo como si fuese un día normal. Al sentarme, la puerta de la cocina se abrió y vi a mi padre. Él se llama Guillermo. Tras morir mi madre, se aseguraba de pasar el mayor tiempo posible conmigo y con Lía. Su ligado, Luke, vive enfrente de nuestra casa con sus hijos James y Katherine. Luke siempre ha sido para mí como un tío o algo así. Sin embargo, a sus hijos, nunca he llegado a conocerles, ya que no salen mucho, y su padre, cuando viene a cenar, los deja en casa.

—¡Buenos días! —Me saluda Guillermo— ¿Cómo te quedaste dormida ayer? —Pregunta con tono preocupado.

—Fui a correr, pero supongo que estaba bastante cansada al final —mentí.

—Bueno, pero no me des más sustos, ¿vale? —No parece muy preocupado. Vivimos en un pueblo donde nunca pasa nada.

Cogí la tostada y le di un mordisco.

—¿Sabes algo sobre tu hermana? Ayer no la vi en casa al volver.

—Papá —justo sacaba el tema del que no quería hablar— ayer Lía... se marchó a casa de los abuelos y no va a volver. —Intenté contener las lágrimas.

Le dejé tiempo para que lo asimilase, como yo, no era una cosa que se debía pasar por alto.

—Pero... ¿por qué? —Me preguntó con voz desesperada.— Seguro que he hecho algo mal. Es todo culpa mía, seguro.

—No es cierto, fue decisión suya, pero no puedes llamarla. Ella te quiere, solo necesita resolver antes un par de —respiré hondo— asuntos.

No volvió a hablar del tema, creo que ya se lo esperaba. Estos días Lía andaba bastante rara. Además, papá creía que todo era culpa suya y eso me hacía sentir mal.

Decidí salir fuera a dar un paseo y tomar un poco el aire. Quizá allí pensase mejor. Y debía dejar a mi padre un rato solo.

Me dirigí al bosque, era uno de mis lugares favoritos. El aire fresco al darme en la cara hacía que me dejase la mente en blanco. Fui hasta un prado y me tumbé. Cerré los ojos y dejé que el sol bañase mi piel, y la brisa acariciase mi cara. Se estaba realmente bien.

El lugar me lo había enseñado mi madre cuando era pequeña. En una ocasión me había enfadado con mi hermana y ella me trajo aquí. Me dijo que hiciese las paces con Lía y me contó que ella iba a ese prado a pensar. Cuando murió, me costó un año poder volver al bosque, me recordaba demasiado a ella. Ha pasado un año y medio desde su muerte.



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