twenty one; boy of pretty eyes

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twenty one;

boy of pretty eyes


En verdad que esa chica me puso los pelos de punta. Y para variar, Dylan seguía enfadado conmigo como si hubiese pateado a William a un volcán. Como era de esperarse, fueron a la fiesta sin mí. Y sí, Will se tragó el cuento de Dylan de que yo estaba enferma. No lo negué sólo porque no tenía ganas de discutir con él y tampoco quería causarle problemas a Lía o a Will.

Así que ahí me encontraba, una noche en día viernes, sola. En la televisión estaba una película la cual no estaba entendiendo para nada pero solamente la tenía ahí para hacer ruido y no sentirme tan sola con mi cubo de nieve en mi regazo. Metí la cuchara y agarré una gran porción hacia mi boca. Mis dientes dolieron como el infierno pero aún así seguí comiendo.

Luego de una hora sentada ahí, devolví la nieve al refrigerador y apagué la televisión. Subí a mi habitación dispuesta a ver series en mi computadora, así que cuando abrí el cajón donde la tenía guardada noté algo peculiar. La fotografía de mi padre estaba allí desde que la dejé, intacta. 

Mordí mi labio. Mi madre no llegaría hasta más tarde, lo más probable es que ya estuviera aquí antes de ella. Tomando la fotografía, salí del cuarto y bajé las escaleras a toda prisa. Tomé el dinero sobrante que tenía desde hace algunos días de la mesa y guardé la imagen de mi familia en mi bolsillo. Al salir de casa, le cerré con la llave y después la enterré un poco en la tierra que había en la maceta al lado de la puerta. Ese era el secreto entre mamá y yo.

Caminando por la banqueta, me decidí por ir a disfrutar un poco mi noche.

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Frente a mí esta esa rueda que tanto amaba y que estaba desesperada por subir y sentir el aire contra mi rostro, para terminar despeinada igual a como lo estoy al despertar. Le di mi boleto de subida al chico que se encargaba de la rueda de la fortuna y después de arrancarle un pedazo desplegable, me lo regresó y me permitió subir. Me acomodé en el asiento y me aseguré de que la barra de seguridad estuviera bien puesta. La rueda giró y se detuvo para que una pareja se subiera en el siguiente asiento.

Cuando todos estuvieron llenos, empezó a girar completamente. Me sentí bien en la altura, y deseé que nunca terminara esto. Desgraciadamente, siete minutos después fue mi turno de bajar aunque quisiera aferrarme a la barra con todo y piernas. Me hice paso entre la gente que estaba formada y logré llegar hasta donde estaban los puestos de juegos sencillos y comida rápida. Llevaba mi celular en el bolsillo secreto dentro de mi chaqueta-hecho con cuidado por mi madre-, así que me sentía segura de caminar libremente. 

Me detuve frente a un hombre que tenía varios algodones de azúcar de diferentes colores. Le di el dinero y después pedí uno de color azul. Me lo dio con cuidado y una sonrisa, a lo cual agradecí. Desde que tengo uso de memoria, al venir aquí al parque de diversiones es necesario un algodón de azúcar. Alguien podría envenenarme con estas cosas y yo nunca me daría cuenta, y si lo hiciera, posiblemente no pararía de comerlos. 

Mientras tomaba un pedazo con mis dedos, un insensible sin cerebro chocó su hombro con el mío provocando que mi algodón cayera al suelo manchándose de tierra y arruinándose por completo. Me giré furiosa lista para gritarle lo mal que hizo su madre al no haber usado protección y como la pagaría por haber arruinado lo único bueno que tenía mi noche. 

Pero esos ojos familiares me detuvieron y apagaron mi mente por un segundo. 

Ian me observaba con esas miradas de culpabilidad y preocupación, estirando su mano en lo que fue un intento de atrapar mi preciado dulce. 

Aunque fuese ese chico no se salvaba.

—¿Qué diablos te pasa por la cabeza? ¿Viste lo que hiciste?—le espeté señalando la muerte de mi querido amigo. 

—Hola, Calí—hizo media sonrisa.

—Nada de "hola, Calí", niño de ojos bonitos, ¡mataste la luz divina de mi vida!

—¿Niño de ojos bonitos?—bajó su rostro oscureciendolo y provocando que sus ojos brillaran aún más igual que su sonrisa blanca. Estúpido niño asesino de algodones de azúcar.

—Y feos zapatos.

—Oye, no te metas con mis Vans—bufó cruzándose de brazos y desapareciendo su sonrisa.

—Tú no te metas con una amante del algodón de azúcar. 

Rodó sus ojos de una manera que me recordó a mi padre cuando yo le preguntaba las cosas más tontas y obvias del mundo. De su bolsillo trasero del pantalón, sacó una billetera y me indicó con un movimiento de cabeza que lo siguiera. Él se dio media vuelta buscando entre los puestos, entre tanto yo le lancé un beso por el aire al cadáver de lo que fue mi dulce. Me apresuré a seguirle el paso y hasta llegar a su lado, me di cuenta que había regresado con el señor al que anteriormente le había comprado. 

Entre sus dedos tenía un billete.

 —Escoge uno y vámonos. 

Agarré uno morado y lo aferré en mis dedos como si mi propia vida y la de los demás dependiera de ello.

Ian me miró con una ceja alzada. Lo pagó y ambos nos retiramos.

—¿Qué haces aquí de todos modos?—le pregunté. Él intentó tomar algo de mi algodón pero yo no lo dejé porque le empujé el brazo. Nadie pondrá sus sucias manos en él que no fuera yo. 

—¿Además de verte a ti casi llorar por tirar tu algodón? Pues caminar entre toda esta gente para relajarme un poco. ¿Y tú?

—Gastar mi dinero principalmente en atracciones y juegos. Este lugar me trae buenos recuerdos.

Sonrió por reflejo y guardó sus manos en la chamarra que tenía puesta. 

 —Sí... a mí también.

Decidí no preguntar y ambos seguimos caminando. Metí mi algodón en la bolsa de plástico transparente en el que venía antes y ambos miramos a la atracción que teníamos en frente. Era el juego de los carros, de esos pequeños carritos que uno maneja para chocar a los demás y hacerlos volar cual malévolos que somos por dentro. Me agradaba.

 —¿Entramos?—señalé dos carritos que estaban vacíos al fondo.

Él abrió la boca seguramente para negarse porque arrugó su frente y su nariz.

—La verdad es que yo no...

—Aún tengo tu chaqueta—comenté—y tijeras. Muchas tijeras.

—Me escojo el verde.  

Nudes boyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora