Capítulo 5: Una vuelta en caballito.

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June:

Abrir el refrigerador y encontrarte con un yogur a medio comer y cuatro naranjas no es muy satisfactorio, mucho menos si son la 7 a.m y el hambre hace que tu estómago ruja como gato arisco.

Okey...sí que hay algunas cosas más allí guardadas, pero al ver lo que no quería encontrar, el apetito se esfumó.

Tenía puestas mis zapatillas deportivas, algo chamuscadas porque mamá no se digna a comprarme nuevas hace como tres años, una antigua sudadera de papá de los Snikels* y unas calzas negras de April.

Mi pasión son las danzas clásicas desde los 4 años y la profesora nos obliga a todas las bailarinas a salir a correr y hacer ejercicio para estar en forma. Se suponía que iba a salir ayer, pero April me obligó a quedarme por ir a esa estúpida fiesta.

Mamá no tenía otra opción que dejarme ir a la plaza que está aquí cerca (bueno en realidad no está tan cerca), porque nuestro patio era tan pequeño como mi oreja.

Me puse los auriculares, de los cuales el derecho no funciona, y comencé a trotar hacia la plaza.

Hacía un frío de muerte. Tanto, que al respirar salía humito de mi boca. El sol estaba oculto tras las nubes grises y densas que se habían formado en el cielo, pero estaba segura de que no llovería porque el pronóstico que hablaba hoy en la radio, decía que las nubes amenazaban, pero que no iban a causarnos problemas.

Para mi sorpresa, el café que sí decidí tomarme esta mañana me calló de maravilla. April estaba acostumbrada a consumir tales bebidas, pero a mí me hacían doler la cabeza.

El silencio reinaba en la ciudad, las calles estaban muy desiertas para ser dominio por la mañana, pero seguramente era porque todos los locales se encuentran cerrados.

El viento sacudía las copas de los árboles por los que pasaba debajo. No había rastro alguno de alimañas o pajaritos, así que al no haber ruido, mis pasos podían escucharse por la oreja en la cual no sonaba la canción de Joel Adams: Please don't go.

Comencé a notar la falta de temperatura y me puse la capucha de la sudadera para que el frío no diera justo en mi cuello. Por suerte, no había olvidado mi bufanda, pero no podía traer guantes ya que debía sostener con firmeza mi celular.

Al llegar a la plaza, comencé a darle vueltas a la rotonda. Primero caminado y después a un trote un poco más veloz.

Cuando hice el tiempo justo, la alarma que había puesto sonó y eso me indicó que debía parar un poco.

Quité los auriculares de mis orejas ya que comenzaban a molestarme un poco y me senté en un columpio, relajé mi cabeza en la gruesa cadena de éste y traté de respirar con normalidad al ver que un castaño se acercaba.

-¡Hey, McGonagall!

-Hola, Williams. -guardé mi teléfono en el bolsillo de mi abrigo y me saqué la capucha -Y la profesora McGonagall se llama Minerva, no Ginebra.

-Oh...es que no me gusta mucho Harry Potter.

Ignoré el hecho de que dijo eso.

-¿Qué haces por aquí?

Se sentó a mi lado y me enseñó su vestimenta con un gesto.

-Lo mismo que tú, supongo. -contestó echándome una mirada desde los pies a la cabeza.

No te pongas colorada, no te pongas colorada...

-Perdona si ayer te puse incómoda cuando me acerqué a saludart... -quiso disculparse, pero lo interrumpí.

No le digas a mamá [editando]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora