Escuché cada palabra que salió de su boca.
Espabilé y mis ojos no pudieron enfrentarse a los suyos.
Él narró su vida como si fuera el más experto cuenta cuentos, con una emoción y vivacidad que hacía que creyera cada disparate que él había dicho.
Era tan irreal. Tan increíble... Tan, tan... Sin palabras.
Y mientras él narraba de forma tan cautivadora entendí que su casta era sin igual, y que el peor de los castigos era ser rebajado de rango y convertirse en desertores, así lo había llamado él. Ángeles que habían sido hallados infieles a su naturaleza y debían de pagar un precio.
« ¿Qué hiciste tú para estar aquí? ».
Quise preguntar, mas no lo hice. Tampoco estaba segura de querer saberlo. Rebuscar en la vida de Efrom sería perjudicial para mi salud mental.
Levanté mi vista y ahí estaba él. Era un hombre hermoso y pude ver en algunas de sus facciones rasgos perfectos, al verlo comprendí que él no mentía. Intuí algo de verdad en todo eso que me contó. Debía ser cierto (aunque fuera en una décima parte); todas esas leyendas, mitos y cosas locas que la humanidad había contado desde el inicio de los tiempos, debían de tener una fuente.
Y aunque mi saturado cerebro quisiera tomar un descanso, muy pero muy lejos de aquí, algo me indicaba que él no había terminado. Me estaba dando una pausa, una que venía con una advertencia, pues si todo lo que él me había dicho era cierto mi vida iba cambiar, completa e irremediablemente.
Mis pulmones necesitaban un aire extra, así que inhalé profundo.
—Sé que todo lo que te dije es difícil de asimilar —suspiró y pasó sus dedos sobre su cabello—, pero no he terminado —aquí venía. Mis sospechas consolidándose.
Hundí mis hombros y levanté mis manos:
—Habla ya —pedí.
Mientras más rápido acabáramos con esto, mejor, yo podría volver a mi maldita existencia.
Mojó sus labios y se levantó, la actitud relajada que le había gobernado mientras narraba la fantástica historia de su vida le abandonó. Ahora se notaba tenso, nervioso y comenzaba a contagiarme.
— ¿Recuerdas que hacía un tiempo atrás te pregunté quién era tu padre? —fruncí mi ceño confundida; pero sí, recordaba eso, así que asentí— Bien —dijo—, muy bien —repitió—, y tú no sabes quién es —afirmó. Mordí mi labio y rasqué mi frente. Efrom, en verdad me estaba poniendo nerviosa.
—No, no lo sé —le señalé. Él asintió y me dio su espalda.
— ¿Te molesta algo? —preguntó al enfrentarme, tuvo que haber notado la confusión en mi rostro porque titubeó— Digo... ¿En tu piel? ¿Sientes algo extraño en tu piel, específicamente en tu hombro izquierdo? —dijo quedó.
Mis ojos se abrieron y sin tener dominio de la reacción de mi cuerpo mi mano fue por instinto a esa zona.
—Sí, Isabel, ahí —anunció con firmeza y se acercó a mí con mucho cuidado—. Mira, sé que hasta ahora todo esto es una locura, pero sé que tú no estás bien.
Un sudor frío recorrió mi columna y solo deseaba huir. Salir corriendo. Sus manos tomaron las mías, mi cabeza se sentía embotada, plagada de todos los sucesos que vinieron a entorpecer mi ya de por sí fatídica vida. Cerré mis ojos.
Hacía bastante tiempo que no me veía en la necesidad de repetir aquellas palabras, pero María me las había enseñado, aquella noble mujer que trabajó para mi madre por tantos años me dijo que me iban ayudar a encontrar la paz que se notaba, necesitaba; y estaban ahí, en mi memoria, pululando sin orden alguno, sin embargo no las repetí en mi mente. Hacía mucho tiempo que no las necesitaba y nunca me sirvieron de nada. Repetirle a un Padre Dios por tu cuidado y no verlo cuando más requieres de ello, te quita las esperanzas de volver a repetir aquellas fútiles palabras.
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El beso de un Ángel
ParanormaalUn encuentro inesperado marcara sus almas... Labios cálidos, imperiosos, soplando vida. Se deberán tomar las decisiones correctas. Se ha puesto un camino frente a ellos. Vida o muerte. Luz u oscuridad. Tendrán que elegir. La dec...