Sin dejar de besarnos, fuimos yendo hacia la habitación. La química que había en ese momento, era increíble. No hacia falta pensar, todo fluía.
La ropa iba cayendo, cuando llegamos a la habitación ya no la llevábamos.
Óscar me dio un ligero empujón que hizo que me cayera en la cama.
Enseguida le reclamé, y él se abalanzó sobre mí, de manera que nuestros cuerpos se rozaban, pero no se acababan de tocar. A pesar de la fluidez y la excitación del momento, le susurré un «más despacio» a Óscar; me estaba gustando demasiado aquel momento. Él accedió besándome el cuello, y ascendiendo y ascendiendo.
A partir de este momento ya os podéis imaginar el resto; fue una noche llena de lujuria, besos y algún que otro gemido por parte de ambos.
Óscar me encantaba, no podía evitar sonreír cada vez que me miraba.
Me desperté, los rayos del sol empezaban a penetrar por la ventana. Óscar y yo estábamos abrazados, pero él seguía durmiendo. Me quedé ovservándole; su rostro me daba una sensación de paz inmensa. Cuando se despertó, nos sonreímos y estuvimos allí un rato, donde perdimos completamente la noción del tiempo.
— ¿Te gustó lo de anoche?
— Ay calla, me da vergüenza hablar de eso...
— Bueno, bueno... A mí todo momento en el que estés tú me encanta. Más como ayer...
— Te tengo loquito. —dije riéndome.
— No sabes cuanto... —contestó, justo antes de besarme— creo que necesito la baja, alguien me ha robado el corazón.
— Tontorrón —dije mientras reía—. ¿Vamos a la ducha?
— ¿Hablas en plural?
— Sí, si tú quieres, claro...
— Me encantas.
