— Sigo sin poderme creer que nos vayamos al mejor hotel de Los Angeles solos tú y yo... Eres muy grande.
— Óscar, sabes que te quiero ¿no? —dije seriamente— pues, si me da un chungo en el avión y empiezo a hacer cosas raras, es por los efectos del pánico.
— Tranquila, estaré a tu lado en todo momento.
Todo fue normal, llegamos, tuvimos que esperar y luego subimos al avión.
Los asientos eran de primera clase, pues quería que Óscar estuviera a gusto. Él notó lo nerviosa que yo estaba, sabía que le tenía miedo al volar en avión. Nada más sentarnos, hizo que pusiera mi cabeza en su pecho y no soltó mi mano ni paró de acariciarme el pelo en todo el viaje.
Al llegar, era de madrugada en Los Angeles, nos dirigimos hacia el hotel, donde fue Óscar quien tomó la iniciativa de la conversación con la recepcionista porque yo seguía medio nerviosa por haber estado en avión.
— Room 247, second floor.
— Thank you.
Con el jet lag, Óscar y yo conseguimos dormir cuatro horas. Nos despertamos a las nueve y después de desayunar decidimos descansar por la mañana.
— Mónica, mi jefe me ha dicho que ya que estoy en Los Angeles puedo ir a una reunión de agentes que hay cerca, y luego decirle de lo que han hablado, etc.
— ¿Me vas a dejar sola?
— Ni lo sueñes preciosa, tú te vienes conmigo.
— ¿Yo? ¿Para qué?
— Porque aunque no esté por ti, quiero estar a tu lado en todo momento; para eso este viaje ¿no?
— Vale, pero antes necesito un poco de ti...
— Siempre que quieras amor.
Óscar se acercó a mi, y me ofreció el mejor y más largo beso que jamás me ha dado alguien.
Después, estuvimos en la terraza que tenía vistas a prácticamente todo Los Angeles, y nos vestimos para aquella reunión.
