Salí corriendo. No se me ocurría ninguna otra opción. No quería que Óscar me viera llorar...
Pero él me siguió. Me pudo coger por el brazo y pararme.
— Déjame hablar, por favor.
— No necesito que hables.
Hice el intento de irme, pero Óscar me cogió aún más fuerte, y pegó nuestros cuerpos, haciendo que no quedáramos a menos de un palmo de distancia.
— Óscar, por favor, déjame. No me voy a ir, pero déjame.
Él me soltó y se quedó mirándome, esperando a que yo dijera algo.
Nos quedamos un rato en silencio, hasta que dije:
— Vámonos. No esperes que vuelva con Milena.
— Claro, vamos.
Los dos estábamos tensos, sin saber que decir ni hacer; simplemente caminando hacia el hotel.
Fue cenando cuando Óscar me explicó que Milena le estaba mandando indirectas todo el rato y que al final se lanzó, que él no hizo nada.
Yo no le respondí, seguí a lo mío, pensando, solo conmigo misma.
Me fui a dormir, había pensado una solución, pero se la diría a Óscar la mañana siguiente. Pude dormir un par de horas, me levanté a las nueve y vi que Óscar me observaba desde su cama, sonriendo.
— Buenos días amor.
— Óscar, he pensado. He pensado mucho.
— ¿Y...?
— Tenemos dos opciones. O nos distanciamos y los dos somos infelices, o volver a empezar. Como si fuera la primera vez que nos vemos, olvidar todo lo que ha pasado hasta ahora.
— Gracias Mónica. —dijo acercándose para besarme.
— No, no. Esto no va así. Como si nos conociéramos hoy, como si no supiésemos quienes somos.
— Vale —dijo con inseguridad—... Pues, ¿nos presentamos?
— Sí, pero no aquí.
Óscar y yo fuimos al bar del hotel, nos separamos e hicimos un encuentro como si nada.
— Buenas, bella dama.
— Hola...
— Óscar, ¿y tú?
— Mónica.
— Oh vaya, me encanta ese nombre. Bueno, y tú.
— ¿Por qué estas en Los Angeles? Quiero decir, ¿por trabajo, vacaciones...?
— El destino me llamó por teléfono y me dijo que viniera a verte. Aquí estoy.
— Si piensas que tú, un extraño al que no conozco de nada, me va a llevar a la cama esta noche estás muy equivocado.
— Pero a tu habitación sí. Me han notificado que compartimos habitación.
— Eres muy decidido, ¿no crees?
— Y tú muy sexy, ¿no crees?
— Hombre pues no, si este vestido es para ir a la playa...
— La ropa puede influir, pero el ser sexy no depende de la ropa.
— Entonces, ¿qué ves en mí?
— ¿Que qué veo? ¿Quieres que te lo diga?
— Pues no, quiero que lo veas.
— No te sigo.
— Sígueme, y lo verás. —dije levantándome de aquella silla al lado de la barra, cogiéndole de la corbata y saliendo fuera del hotel.
