— ¿Qué es?
— Tienes manos, puedes abrirlo.
Óscar iba tan poco a poco que me sacaba de quicio y a la vez me encantaba.
— Es... Es un...
— Sí. ¿Te gusta?
— ¿Me estas hablando enserio? ¡¡MUCHAS GRACIAS!!
— Salimos la semana que viene.
— Esto te ha tenido que costar muchísimo...
— Prefiero quedarme sin dinero y verte sonreír, como ahora. Pero tranquilo, no es nada. Raquel me ayudó bastante.
— Mónica, ahora mismo solo quiero una cosa...
— ¿El qué?
— Prepararte una cena en condiciones.
— Me he adelantado... Ya está lista. —dije riéndome.
— Joder si es que eres perfecta.
Óscar se acercó a mí, tanto que nuestros labios empezaron a rozarse. Pero yo di un paso atrás.
— Para eso tendrás que esperar... —le dije dirigiéndome a la cocina, diciéndole con la mano que me siguiera.
— Mira, como tengas otra cosa preparada...
— La tengo amor, pero ya para el postre...
— ¡Se me ha pasado el hambre!
— Que goloso... Paciencia, paciencia, vamos a cenar juntos, que te he echado bastante de menos.
Fue, probablemente, la mejor cena que pudiéramos tener; ya que no faltaban las miradas cómplices.
Aunque llegó un momento en el que Óscar se levantó, me cogió en brazos y me llevó a la habitación.
— ¿Sabes Mónica? Yo he traído el postre...
— ¿Sí? Yo quiero probarlo.
A Óscar se le marcaron esos hoyuelos que se le notaban al sonreír, los que yo definía como "los más besables del mundo".
Yo le devolví la sonrisa y me dejé llevar como quien se rinde en una guerra, pero... En la mejor de las batallas.
De repente, giré un poco la cabeza y observé como me miraba Óscar, con los ojos achicados por la pasión y los labios repletos de besos por dar. No pude más, me lancé a él y lo desnudé a tirones, como si la ropa quemara sobre la piel.
Horas después, los dos seguíamos desnudos bajo las sábanas. Los sonidos de la noche, mucho más calmados que los que suenan a la luz del día, nos rodeaban y se creaba un ambiente tan romántico que no podríamos dejar de mirarnos, de besarnos, de tocarnos... Como si los dos creyéramos que el otro es un espejismo.
