Capítulo 39

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Han pasado más de ocho horas.

Después de que el efecto del sedante se esfumó, regresé a mi estado histérico, por lo que tuvieron que llevarme al hospital, donde volvieron a sedarme y permanecí por cerca de tres horas. Después de revisarme y asegurarse de que sólo tenía unas cuantas raspaduras y laceraciones por la caída, me dejaron regresar a casa.

Mis padres, que llegaron a mi casa cuando permanecía semincosciente, fueron quienes prometieron vigilarme y traerme de regreso si volvía a entrar en crisis. Según el médico que me atendió, y a quien odio profundamente por retenerme tanto tiempo dentro de ese horrible lugar, tengo un transtorno de angustia transitorio a causa de un evento violento y traumático.

Me ha enviado a casa con la condición de que guarde reposo y me dope con unas estúpidas pastillas que me recetó. Puede meterse esas pastillas por donde lo da el sol... yo voy a buscar a las niñas. La policía ya vino y tomó mi declaración, me juraron que encontrarían a las niñas y me solicitaron que confiara en ellos y los dejara hacer su trabajo.

Puaj... están locos si creen que me quedaré en casa sentada esperando por noticias.

—¿Ya está firmada la orden? —pregunto a mi madre. Necesito irme de aquí.

—Sí, sólo estamos esperando que tu padre nos llame.

—Bien. ¿Pablo ha llamado? ¿Encontraron el auto y a las niñas? —Espero que sí, espero que tenga alguna noticia.

—No, Saúl se comunicó con Claudia hace un par de horas, pero de resto no sabemos nada.

—No puede ser, alguien tiene que saber o debe haber visto algo. Necesito llamar a Pablo.

—No tiene su teléfono, cariño. —Mamá toma mi mano y la estrecha mientras corre un mechón de mi cabello—. Desbes guardar la calma, Susana, sólo así no cometerás una locura.

—Mamá, me importa un pepino si cometo una locura o no, con tal de regresar a las niñas.

—Ellas volverán, la policía se encargará.

Resoplo y guardo silencio. Me siento tan frustrada y a punto de enloquecer. Necesito salir de aquí, ir por las niñas, ponerlas a salvo, asegurarme de que están bien y prometerles que nunca más permitiré que les hagan daño. Y si debo acabar con los hijos de puta que se las llevaron... lo haré.

Un par de minutos después, papá entra a la habitación y nos informa que todo está listo para mi salida. Mamá ofrece llevarme a desayunar ya que ha amanecido, pero declino. Comer no es lo que necesito. Por lo que seguimos en el auto/camioneta de papá acompañados por Breiner y otro chico.

Llegamos a mi casa y Jenny se lanza a abrazarme. Ella y Claudia han estado al pie de la señora Edith. Está muy angustiada y no ha pronunciado palabra alguna desde que las niñas desaparecieron. Apenas y me ve, Edith vuelve a llorar y corre para también abrazarme. Sus manos toman mi rostro, mis manos, revisando que esté bien.

—Estoy bien —susurro y ella asiente con los ojos cargados de lágrimas. Creo que yo también debería llorar, es lo que estaba haciendo hace unas horas, llorar y llorar, pero luego de despertar del estado zombie del tranquilizante, simplemente dejé de hacerlo.

—¿Qué dijo el médico? —pregunta Claudia.

Mamá le explica mi condición, me alejo y camino cojeando por la casa, buscando a alguien en especial. Lo encuentro en mi habitación, revisando en mi pantalla de televisión las cintas de las cámaras de anoche. Hay dos hombres junto a él.

—Axel —llamo. Su cabeza se vuelve hacia mí y suspira.

—Susana, lo siento ¿bien?, era necesario. Estabas muy alterada.

Desde Mi VentanaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora