Había escuchado en múltiples ocasiones que cuando estabas a punto de morir, toda tu vida pasaba frente a tus ojos. Lo que jamás creí posible era que ocurriera lo mismo ante el susto y la expectativa de si tu muerte estaba al otro lado de una puerta trabada. Por suerte para todos los que nos encontrábamos en el aula para el debate de los candidatos a la presidencia escolar segundos antes de que el tiroteo empezara, la muerte no estaba tras esa puerta, era solo la policía.
Un grupo de uniformados nos apuró a salir. Caminábamos todos muy juntos, pegados de la pared, cuando el radio de uno de los policías sonó y se escuchó como le informaban de que el tirador ya no era un problema.
—El chico se suicidó en uno de los pasillos del lado oeste.
Dijo la voz entrecortada por la mala señal que parecía haber en Marshall y aunque nadie lo dijo, todos estábamos aliviados, incluso la mano de Ethan apretó la mía. No pude evitar mirarle de reojo. El chico con el que no había hecho más que pelear, el chico que estuvo tranquilo todo aquel tiempo. Pero, ¿estaba realmente tranquilo o simplemente se comportó de esa manera para calmar al resto? Más que mi ira, mis estúpidos juegos o mí rechazo, Ethan Lodge merecía admiración.
Cuando salimos del instituto y el sol me dio de lleno en la cara, mi corazón seguía latiendo desbocado. Miré en derredor. Los autos de los policías rodeaban el perímetro del instituto y una gran cantidad de civiles también. Algunos eran los estudiantes que lograron salir antes de que todo comenzara, otros, como nosotros, salían al mundo de afuera apenas, el resto eran padres o solo simples curiosos.
Ethan me apretó la mano de nuevo, fui consciente de que nuestras manos seguían entrelazadas entonces y cuando lo miré sentí que todo estaría bien, sus palabras acompañaban su tranquila expresión.
—Ella está bien —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Vamos —me alentó con una sonrisa—, estamos hablando de Zoe.
Escuché que alguien gritaba mi nombre, no era Zoe, era mamá. Solté la mano de Ethan y corrí hacia ella. Sus brazos me envolvieron en un abrazo y yo hundí mi cara en su cabello. Jamás pensé que el olor de su champú de frutas tropicales fuera algo tan reconfortante.
Entre sollozos ella me dijo que papá estaba haciendo todo lo posible por salir del trabajo antes de tiempo para verme, yo solo sollocé, así como lo hacían todos en Landon Marshall, pues no todos tuvieron la misma suerte que los candidatos a la presidencia escolar.
Escuché gritos y llantos estridentes, y alcancé a ver como sacaban a chicos heridos del instituto. Eso los que tuvieron más suerte. Mamá decidió que era hora de sacarme de allí cuando escuchó como alguien decía que aparte del tirador, los muertos eran cinco.
—No —le dije cuando ella me pidió que subiera al auto—, necesito encontrar a Zoe.
Ella me miró, la vi titubear. Sabía que tenía razón. Zoe había sido mi mejor amiga por mucho tiempo, la quería demasiado y no podría estar tranquila en mi casa sin saber en dónde estaba ella.
—Está bien —accedió—. Pero esperemos en el auto, ¿sí?
Acepté no con muchas ganas, pero era justo reconocer que el ambiente era bastante horrible. Invité a Ethan a ir con nosotras y él aceptó. Los tres nos apoyamos en el auto, mi madre con su brazo sobre mis hombros, como si temiera que el tirador resucitara y viniera solo por mí.
La policía seguía sacando chicos del instituto. Afortunados jóvenes que encontraron lugares para esconderse. Del mismo modo también sacaban heridos y gracias al cielo, pocos cadáveres. Mamá le preguntó a Ethan por sus padres y éste dijo que ya había hablado con su madre, la enfermera de hospital que en días como esos tenía mucho trabajo por hacer. En cuanto a su padre, solo dijo que no importaba.
Comencé a impacientarme, mi pie derecho lo movía con nerviosismo y las uñas de mi mano izquierda se estaban viendo atacadas por mis dientes. ¿Dónde estás, Zoe? Se me escapó un sollozo y luego vinieron las lágrimas. Cinco muertos, dijeron. ¿Y si ella estaba allí?
Mi madre me abrazó de nuevo e intentó calmarme, y yo quería hacerlo pero simplemente no podía, no podía hasta saber en dónde estaba mi amiga. Fue cuando mamá decidió dejarme con Ethan para acercarse al instituto, dijo que haría lo posible por ver si la conseguía.
—Lo siento mucho, Ethan —dije secándome las lágrimas y aunque no lo veía a la cara, supe que me estaba mirando con rostro de extrañeza.
—¿De qué hablas?
—De lo que pasó en el parque y lo que dije después. —Me encogí de hombros—. No sé qué está pasando conmigo. Yo, me siento presionada, y no me estoy justificando, solo...
Meneé la cabeza, todo parecía tan absurdo entonces. ¿Qué importaba un promedio tan alto si mi mejor amiga no estaba conmigo? ¿Qué diablos importaba la presidencia escolar luego de semejante situación? ¿Y si yo no hubiera estado en el aula del debate? ¿Y si me hubiera encontrado de frente con el tirador? ¿Todas las cosas que hice de que servirían entonces? De que serviría haberme burlado así de Ethan cuando en verdad me importaba. Alcé los ojos y lo miré.
—No estuvo bien lo que hice, me dejé llevar por esta estúpida idea de graduarme con el promedio perfecto y lo más importante Ethan: te he mentido demasiado. —Él frunció el ceño, así que aclaré lo que quise decir—. Y no hablo del beso, creo que esa es la única cosa real que he hecho frente a ti, la verdad es que me importas y que lo he jodido todo.
—¡Heather!
Y allí estaba Zoe, cojeaba del pie izquierdo y mi madre la sostenía por la cintura. Me despegué del auto y corrí hacia ella y nos abrazamos, apretándonos con fuerza, como si hubieran pasado mil años desde la última vez que nos vimos, porque así se sentía y no había nada más hermoso, valioso e importante, que el hecho de tener a los tuyos a tu lado, sabiendo que el tiempo que les quedaba por compartir duraría un montón.
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La guerra nerd
Fiksi RemajaExistía en la preparatoria Landon Marshall una tradición o más bien creencia realizada por los estudiantes de último año. Esa creencia condenaba a todo aquel que no la llevara a cabo a la maldición de un futuro miserable. Por eso, año tras año, los...
