XIX

4.9K 655 100
                                        

Firenze era aburrido. Sus construcciones estaban demasiado juntas, los callejones apenas eran lo suficientemente anchos para poder deambular y no dejaban de dar vueltas y más vueltas hasta que uno regresaba por error al mismo punto del que había partido. Y no sabía si era a causa de su mala suerte, o el clima era simplemente así, pero desde que había puesto un pie en la ciudad que no dejaba de llover.

Lo cual era irritante. Todos los edificios eran de piedra, construidos en la historia, y atrapaban la humedad de un modo insoportable. Sus botas de cuero ya estaban arruinadas por tantos charcos. El empedrado le había jugado demasiadas malas pasadas al ser piedra resbaladiza. Y, como si eso fuera poco, no había nadie en las calles.

Firenze vivía de sus mercados callejeros al aire libre. No se podía avanzar dos calles sin cruzarse a vendedores con sus carros y gritando su mercancía. El clima convertía el sitio en una ciudad fantasma. Incluso la catedral lucía triste y gris, apenas visible en medio de la constante llovizna.

Se negaba a quedarse encerrada. Su cuerpo simplemente no lo permitía. Le eternidad estaba comenzando a pasarle factura. ¿Cuánto podría tardar en encontrar algo que hacer? La Iglesia había sido amable al adoptarla y darle trabajo, pero todo no era más que una repetición de lo mismo. Un demonio aparecía, ella tomaba el asunto, lo mataba, y volvía a aburrirse hasta el próximo llamado.

El mundo necesitaba una nueva plaga, o época de oscuridad. Pero el renacentismo se había instalado en los ducados y hecho que todo fuera tan aburrido. Casi extrañaba sus malos días, cuando todo era mucho más emocionante. Entonces era tratada como una igual o superior, ahora apenas podía tolerar los sermones de la Iglesia sobre cómo una señorita debía ser sumisa y educada.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había sido detenida por disturbar el orden público. Estaba cansada de tener que pasar por hombre, para que no la arrestaran por usar pantalones. Y mejor ni hablar de cuantos problemas había tenido, por no poder controlar su lengua al momento de responder. Si Lilith no se había sometido a Adan, ella ciertamente no se sometería a la voluntad de un hombre.

Solía ser el cuento favorito de su madre para el momento de ir a dormir. Si cerraba los ojos, algunas noches, casi podía escuchar su voz arrullándola al ritmo de esa historia. Lilith había sido la primera bruja de la que se tenía constancia, demonizada por la Iglesia al no ceder su voluntad ante el primer hombre, una mujer independiente y segura de sí misma. El peor peligro que el hombre conocía, su madre siempre había dicho con una sonrisa.

No era la única historia que solía contarle. Le gustaba escucharla hablar sobre como la Virgen María había sido una bruja también, dotaba con poderes curativos y escondiendo magia bajo supuestos milagros divinos. Su madre amaba hablar de herejías que habrían hecho que la Iglesia la demonizara también. Y ella adoraba escucharla.

Siglos después, tan solo estaba más segura sobre las historias que había oído de niña. Había leído todo el santo libro, porque la Iglesia lo permitiera, tenía demasiado tiempo libre y mucho aburrimiento. Había marcado cada frase y pasaje en donde la verdad era lo dicho por su madre. Había reído cruelmente ante padres matando a hijos por orden divina, y la hipocresía de la piedad junto a la ira divina.

Incluso se había permitido burlarse de los ángeles. El chismoso Gabriel, el cruel Michael, el hipócrita Uriel, el frío Raphael, el desinteresado Raguel, el tempestuoso Remiel, el duro Sariel... Había insultado a todos y cada uno de ellos, en especial al último por haberle fallado. ¿No se suponía que él velaba por los niños originados del pecado para que no siguieran el camino de sus padres?

Mentiras. Falacias. Calumnias. En su aburrimiento, había leído suficientes libros como para tener mil modos de referirse a lo mismo. Engaños, a fin y a cabo. Puras blasfemias, porque lo cierto era que estaba sola en vida como siempre lo había estado y eso nunca cambiaría. Su espíritu ya estaba condenado, sin importar las promesas de la Iglesia del paraíso a cambio de una eternidad de servicio.

InflexiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora