Mañana del 25 de diciembre, había nevado intensamente durante la noche pero esto no había impedido que Hermione visitara a su paciente favorito Scorpius Hyperion Malfoy.
- Tienes el nombre de uno de los doce titanes, pequeño- le decía mientras lo arrullaba- y eres mi favorito, el Señor del Sol, valiente niño- le había depositado un beso en su frágil cabecita y cuando estuvo dormido lo acostó en la cuna.
- Cuando lo lleve a casa llorará toda la noche Granger- la había sobresaltado - perdón no quise asustarte- agregó Draco, que había regresado de la mansión tras una ducha y un cambio de ropa pues había pasado otra noche con su hijo- pero lo digo en serio, lo tienes mal acostumbrado.
- Ya no te quejes que seguramente le sobrarán brazos para malcriarlo- respondió Hermione mientras arropaba al niño- gracias- Draco le había entregado una taza de chocolate caliente, habían establecido una pequeña tradición, que respetaban cada mañana desde que había nacido su hijo.
-Feliz Navidad Draco.
-Feliz Navidad gracias a ti Hermione- le dijo mirándola fijamente- esto es de parte de mi hijo- le entregó un pequeño paquete envuelto en papel plateado con un moño verde.
- Draco, sabes que no tenías que hacerlo pero gracias Hyperion- había girado y mirado a la cuna- pero la próxima vez no dejes que tu padre elija el papel de regalo.
-¿Qué tiene de malo?
-Nada Draco, pero das por hecho que tu niño vestirá esos colores.
-¿Lo dudas?
-¿Apostamos?- lo había sorprendido Hermione
- Elige tú, pero piénsalo tranquila, tienes once años por delante.
-Te vas a arrepentir- canturreaba la leona.
- Hay tiempo, ahora, ¿abrirás tu regalo?- preguntó ansioso.
Dejando la tasa en una mesita contigua Hermione procedió a desenvolver el presente. Una cajita de terciopelo rojo apareció, ella lo había mirado con una ceja levantada- Tu color, ahora no te quejes- acotó el rubio.
Hermione había quedado atónita, nada podía describir mejor lo que le sucedía. En el interior yacía un broche en forma rosa, de la cual se desprendía un pimpollo, totalmente hecha en platino con incrustaciones de diamantes, una reliquia.
Ella levantó la vista, había intentado decir alguna palabra pero los sonidos que salían de sus labios nada tenían de palabras, balbuceaba.
-Te mereces esto y mucho más Hermione, no digas nada, ni siquiera lo intentes-ella negaba con la cabeza- no hay devolución. Tú hiciste por mi familia lo que nadie nunca ni siquiera lo intentó, has asegurado que mi sangre continúe, tú eres la salvadora del futuro de los Malfoy. Tú salvaste mi hijo Hermione, eso no sé como compensártelo, nunca más estaré solo y es gracias a ti.
Tragó duro y prosiguió- con lo miserable que hice tu vida, con lo maldito que fui contigo, tus amigos y la Comadreja también- lo miró frunciendo el ceño- está bien, tu esposo, a pesar de todos mis errores e intentos incluso de causarte la muerte- suspiró- Granger, yo no sé cómo lo haces. Me salvaste otra vez.
-Draco, ya está. Eso quedó atrás, olvídalo si?- lo interrumpió- Fue la guerra, y solo quedaron víctimas. Ya no lo sigas. Es tiempo de seguir, dejar atrás el dolor. Vive Draco, solo vive y mira hacia el frente.
El abrazo que él le dio la sorprendió, y dándole un beso en la cabeza entre los rulos salvajes que la caracterizaban, dejando su boca más de lo necesario, le pidió perdón.
-Te perdoné hace muchos años Malfoy. Y gracias por el broche, es demasiado, pero es precioso- se había alejado incómoda-me encanta la rosa, será la primera, la mejor llegará en un mes.
-Tu hija cierto. Mi madre, me contó, de ahí la elección de esa reliquia.
-Debe haberte costado una fortuna.
-¿Preocupada por mi dinero ahora?- había bromeado el rubio.
-Muy gracioso.
-Perteneció a la madre de mi abuelo Abraxas, un obsequio del zar de Rusia. A ella le encantaban las rosas, se dedicaba a su cultivo, aún hay varias plantas en la Mansión, de los que se ocupa mi madre. Los Romanov fueron muy amigos de ella, era una mujer muy inteligente, independiente y con posturas políticas bastante adelantadas para la época, murió muy joven, dando a luz a la hermanita de mi abuelo, ninguna sobrevivió.
-Historia triste, lo siento.
-Nunca fue fácil el nacimiento de los Malfoy como puedes ver- terminó Draco.
Hermione le explicó que ella empezaba su licencia por maternidad desde la próxima semana pero que había decidido continuar asistiendo a su Titán, así le llamaba ella, hasta que abandonara el hospital. Entonces el sanador de la familia podría continuar con la atención que necesitaría de allí en adelante, como todo recién nacido normal, con controles mensuales.
Draco había tenido la intención de pedirle que cuando se reintegrara a sus labores, que continuara siendo la sanadora de su hijo, pero prefirió callar, lo haría llegado el momento.
Hermione conservó la Rosa Romanov, se había enamorado de ella desde que la vio.
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El almuerzo de Navidad se había realizado en casa de los Potter, el hogar de su hermano del alma. Les había relatado las circunstancias del nacimiento del último Malfoy, y a pesar de las diferencias entre ellos, se compadecieron de él.
Cuando les mostró el regalo de su Titán, no podían creer, Ginny se había emocionado por el significado del obsequio- Tu primera rosa, es preciosa.
En cambio Ron no parecía agradarle la situación- Hermione me parece que no deberías haber aceptado eso, menos del hurón y si está encantada, si es una reliquia maldita- refunfuñaba.
-Ron no empieces, eso ya quedó atrás, te conté todo lo que hablé con Narcisa y…
-¿Narcisa es ahora?- la había interrumpido bruscamente -¿desde cuándo tanta confianza?- había empezado a gritar- son los Malfoy Hermione, despierta, los Malfoy, nunca, escúchame bien, ellos nunca hacen nada si no reciben algo a cambio. Y además casi moriste frente a ellos y ninguno hizo nada.
-Basta Ron, ya basta. Sé perfectamente bien como eran los Malfoy, ahora es distinto Ron, viven libres como nosotros, también intentan seguir adelante, dejar rencores, por qué no puedes entender eso. Piensa Ron, por una vez en tu vida piensa en lo que dices- y se arrepintió de la última frase.
-Aunque yo no tenga tu gran inteligencia- ironizaba Ron- aunque no tenga tus conocimientos ni sea un sabelotodo, conozco mejor que tú a los Malfoy, soy sangre pura como ellos- la había terminado de embarrar- perdón amor, perdón , no quise decir eso.
Hermione se había puesto pálida, nunca esperó que su marido dijera esa frase, que el hombre con el que se había casado y que amaba le señalara su origen.
Se desató la tormenta en esa casa. Ginny gritaba defendiendo a su amiga y recordándole a su hermano lo estúpido e inmaduro que había actuado, Harry intentaba controlar y calmar a su esposa mientras Hermione lloraba pero no había apartado la vista de los ojos de Ron que la miraban suplicantes.
-Amor por favor, déjame que te explique, no quiero que te suceda nada por mi culpa, por no saber expresar cómo me siento.
-Hablaremos en casa Ronald- y sin despedirse Hermione desapareció.
Ron la siguió pero cuando estuvo en casa, ésta estaba vacía y a oscuras. Él sentía igual. Lo había hecho de nuevo, le falló otra vez.
