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Apuestas, desapariciones y derrotas

 

Hora: alrededor de las tres de la tarde.

Lugar: sala de juegos del refugio.

Ambiente: lluvioso, ventado, frío.

Música de fondo: Done For Me - Charlie Puth Ft. Kehlani.

Y... empezamos la partida.

Serían tres rondas. La verdad era que no habría aceptado el trato de no estar muy segura de mis habilidades en el juego. Solía jugar póker muchísimas veces en la secundaria pública a la que asistía y —con todo el ánimo de alardear— pateé más traseros que un personaje de Márvel.

Ahí acababa de arriesgar a Adrik, lo sabía perfectamente, pero no lo perdería. En el póker, la mayoría del tiempo, todo se trataba de engañar. Y sí, posiblemente estaba jugando con el diablo, pero ya sabemos que eso se me daba muy bien.

Eché un vistazo rápido a mis cartas y volví a colocarlas boca abajo sobre la mesa. Aegan hizo lo mismo: un ligero alzamiento en el borde y luego las dejó descansar. Lo evalué a mayor detalle como solía hacer en cualquier juego. Su rostro no expresó nada que me hiciera sospechar qué cartas tendría. Se mantuvo neutral, lo cual siempre era una estrategia confiable. Los gestos a veces lograban delatar la mano del jugador. Aegan era tan experto como yo, no me cabía duda. Él sabía que debía manejar con cautela sus expresiones o podían terminar dándome la ventaja.

Durante unos segundos no hablamos. Nos limitamos a respirar y a jugar como un par de enemigos. El repiqueteo de la lluvia y la música era lo único que se oía. Incluso la preocupación sobre Adrik empezó a perder fuerza porque mi concentración pasó a un primer plano y lo único que flotaba ante mis ojos era el objetivo: ganar.

En cierto momento, claro, lancé una pregunta:

—¿Qué pasa con Artie?

De nuevo, Aegan no hizo expresión alguna. Tenía la mirada fija en las tres cartas del centro de la mesa que ya se habían volteado, concentrado, serio. Debía de estar pensando en si "ver" el resto de las cartas o simplemente igualar mi apuesta. En realidad, las del centro no me favorecían en lo absoluto, pero había aumentado la apuesta para asustarlo y hacerle creer que tenía una buena jugada.

—¿Qué pasa de qué? —fue lo que respondió en el instante en que arrastró las fichas para indicar que sí igualaba mi apuesta—. Voy.

Maldición.

—Se enrollaron un par de veces, ¿no? —seguí indagando.

Esperé que eso causara algo en él, tal vez cierta molestia por estar preguntándole algo personal, y que al mismo tiempo funcionara como distracción, pero no detecté más que indiferencia y ningún tipo de interés en su respuesta:

—¿Y?

—A veces ni le diriges la palabra —recalqué con detenimiento y obviedad—. Eso es muy cruel. ¿O me dirás que no te das cuenta de lo cruel que eres la mayoría del tiempo?

Su segunda respuesta fue simple y tajante:

—Así soy yo, tómalo o vete a la mierda.

—Muéstralas —le pedí.

Arrojamos las nuestras. Cuando volteó las dos últimas cartas del centro, vi que el condenado había ganado con un Full House. Así de asombrosa era su suerte. Bien, bien. Igual quedaban dos rondas. Esta solo era la primera. No debía dejarle ganar la segunda ni tampoco debía dejar que esa victoria me pusiera nerviosa.

Perfectos Mentirosos © [Completa✔️]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora