Capítulo 30 (editado)

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Jayden

Una semana más tarde

Estaba más que harto. Había pasado una semana desde el encontronazo que Kate y yo tuvimos con su padre. Mi hermosa fiera se encontraba destrozada, daba igual lo que intentara: sacar el tema, hacerla sentir mejor o hacerla reír. Cada vez que pensaba que estaba sola la notaba decaída y ella no estaba hablando conmigo al respecto.

Era algo obvio que esto la estaba lastimando, pero me preocupaba demasiado el hecho de que no lo hablase conmigo. Al contrario, a lo que se había dedicado toda esta maldita semana era a mantenerse aislada en el despacho de la mansión, ocupada con una montaña de papeleo y recados que debía llevar a cabo para organizar la fiesta de compromiso y el anuncio del bebé que esperan Belle y Hudson.

Agradezco enormemente esto a Hudson, la verdad es que prefiero mil veces tener a Kate ocupada, a que esté tirada en la cama recordando todas las estupideces que su padre le dijo ese día.

Hubo una única noche en la que, tras encontrarla llorando, me confesó lo dolida que se encontraba y, al día siguiente, comenzó su autoclausura.

Lo único que me hacía no romper la puerta a pedazos era el hecho de que me dejara ayudarla. No quería que se alejase de mí por culpa de lo que pensasen sus padres de nuestra relación o de mí. Después de lo que habíamos peleado por llegar a lo que somos, me llenaba de ansiedad que me empujara fuera de su vida, pero no pude estar más feliz cuando vi que ese no sería el caso.

Supe desde el comienzo de nuestro trato que para Kate la opinión de sus padres era importante. Nadie se involucra con un desconocido para darle cierta paz mental a sus padres si no fuera así.

Sin embargo, lo que está claro es que esto no podía quedarse así. Ese hombre estaba destrozando al ser más hermoso que había llegado a mi vida, para darle color y calidez.

Así que no pienso quedarme callado. Si ese estúpido hombre piensa renegar de su hija, yo le haré ver el grave error que comete.

Enzo

—     ¿Por qué estás tan molesto? —pregunta mi esposa con gesto incierto. La miro desconcertado por su repentina pregunta.

—     ¿Y aún lo preguntas? ¿Es que acaso no lo estás tú?

—     ¡Por supuesto que no! Es decir, no apruebo el engaño, pero, a fin de cuentas, nuestra pequeña solo ha hecho lo que ambos tanto queríamos.

Miro a mi esposa con la boca abierta de par en par, no me creo lo que estoy escuchando salir de su boca.

—     ¿Qué? ¿Qué dices, mujer?

—     ¿Acaso no lo ves? El coraje de que tu pequeña te haya mentido te ciega, Enzo. Katherine se ha enamorado. Tanto, que lo ha puesto frente a la empresa por la que tanto ha luchado durante toda su vida. Y solo porque ese muchacho haya vivido en la calle, ¿lo vamos a rechazar? Si ese es el caso, ya no conozco al hombre del que me enamoré.

Las palabras de mi mujer me golpean de una manera que jamás pensé que sería capaz de hacer, hiriéndome en el proceso. Tardo en reaccionar, sin embargo, cuando voy a contestarle, unos toques incesantes en la puerta principal me detienen.

A pesar de que hoy el servicio trabaja, aprovecho esta oportunidad para no seguir con esta absurda discusión con mi mujer. Ya sé de dónde han sacado su lado testarudo mis dos hijos.

Me encamino hacia la puerta principal y la abro, descubriendo al desgraciado que me ha separado de mi pequeña.

—     ¿Cómo te atreves siquiera a presentarte en mi casa? —le pregunto antes de que se atreva a soltar algunas de sus mentiras. Mi mirada se desplaza por todo su cuerpo, de pies a cabeza, contemplando cómo va ataviado de un traje gris hecho a medida. Regalo de mi hija, supongo, ¡maldito aprovechado!

—     ¡Vengo a exigir que acabes con todo esto de una maldita vez! —suelta sin apartar la vista de mis ojos. ¿Cómo se atreve a hablarme así?

La ira subía cada vez más por mi cuerpo, llegando a un punto irrefrenable. Puede que ronde los cincuenta, pero aún tengo fuerza para poner a más de un insolente en su sitio. Este muchacho necio no sabe con quién se está metiendo.

Jayden

—     ¿Cómo te atreves a venir ante mí a exigir nada, desgraciado? —dice agarrándome del cuello de la camisa.

—     Por que la amo, señor, es lo mejor que me ha podido dar la vida, y no renunciaré a ella. Ni por usted, ni por nadie —declaro con dureza en mi voz. En este momento sé que estoy tensando mucho la cuerda floja en la que me encuentro, pero no pensaba detenerme, voy a tirar lo que sea necesario para conseguir lo que quiero—. ¿No ve cuánto daño le está haciendo a su hija con esta actitud?

Veo cómo me mira, como si le hubiese insultado de la peor manera. Mi mirada queda clavada en su manzana de Adán, la cual se mueve ligeramente, síntoma claro de su creciente nerviosismo.

Los ojos marrones del italiano, que probablemente será mi suegro dentro de poco, me escrutan con frialdad por un momento, antes de lanzar un suspiro resignado.

—     ¡Como hagas llorar a mi pequeña...! —habla amenazante y con su rígida voz, debido a los años y el tabaco, aún más dura de lo normal—. Te juro que yo mismo acabaré contigo y me importa un bledo que acabes sin nada. ¿Me he explicado con la suficiente claridad? —Su mirada es severa, pero he decidido que no cederé ante nadie. Nunca más. Bastante tuve con mis padres.

—     Si, señor —digo mirándole fijamente.

Pasa unos minutos, pero no pensaba bajar la mirada de la suya. Tenía que demostrarle que era honesto con mis sentimientos y que no pienso retroceder ante nada para conseguir lo que quiero. Y quiero a Kate.

—     Bien, chico, eso espero —exclama para darme una especie de sonrisa y encaminarse de nuevo al interior de su hogar.

Katherine

La suave brisa que se cuela por la ventana abierta del otro lado del despacho mece con suavidad las cortinas azules que decoran la estancia, mientras termino con todo lo relacionado con la fiesta del bebé. A pesar de que sé perfectamente que mis padres no me lo van a dejar fácil esa noche, no quiere decir que no daré todo de mí para que sea la mejor noche de mi hermano y de Belle. Ellos se lo merecen todo.

Estoy en medio de los últimos detalles de esa noche, la cual se celebrará en menos de una semana, cuando, de pronto, me veo detenida por una llamada.

Miro el teléfono con cautela, debatiendo si debo contestar o no la llamada, en cuanto veo quién es la persona que ha interrumpido mi trabajo.

Mi padre era un adversario digno de temer cuando te lo ponías en contra, y yo estaba preparada para pelear por el hombre que hace temblar cada fibra de mi piel, mas eso no significa que deseé fervientemente pelear con él. Por eso mismo pensé en colgar, sin embargo y conociendo a Enzo D'Luca, sospecho que no cesará en su intento por localizarme.

Suspiro agotada por este tira y afloja con mi padre.

Y me decanto finalmente por darle al botón verde y colocar el teléfono en mi oreja, intentando ignorar el pulso acelerado que siento en esa misma zona, opacando todos los sonidos de alrededor, excepto la voz de papà, la cual se escucha alta y clara cuando comienza a hablar.

Hola, hija...

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