Once

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Tu valor fue admirable, lo enfrentaste a papá, con el miedo que le tenías, paradito delante de él te veías tan indefenso, tan chiquitito, que tuve miedo yo también de su reacción, me imagino vos
Papá tenía la esperanza de que se te pasara, lo encontraba llorando y a veces me decía:

-No puede ser, Manuel no, él es hermoso, va a tener muchas novias, no puede ser una nena, ¿Qué va a ser de él? No puede ser, se le tiene que pasar, es un ganador, va a ser mecánico, no puede querer una muñeca, ¿ Y con Federico qué vamos hacer, pobrecito?, ¿Sabrá algo?

Cuando pudo reponerse, los llamó a los dos. Estábamos en el mes de agosto,  días de festejar el día del niño y esperaban sus regalos.

Te preguntó a vos:

-Manuel, ¿Sabes qué quiere Federico para el día del niño?

-Si, quiere un tren.

-Bien, y vos Federico, ¿Sabes qué quiere de regalo Manuel?

-Si, una muñeca rosa.

Tu hermanito lo sabía todo, lo tenía muy claro, vos querías cosas de nena y él cosas de nene. No los contó con tanta naturalidad, fue simple, inocente, no entendía por qué como padres lo mirábamos con asombro.
Con papá pasamos días sin hablarnos, los dos estábamos tratando de asimilar, de soportar el dolor que causaba la desesperación de no saber qué hacer con vos, todo lo que habíamos visto pasaba en Estados Unidos, las dos psicólogas que habíamos visto no entendían nada sobre niños transgénero. No había información en ningún lado, ningún pediatra nos supo explicar; entonces, qué íbamos hacer. Si te te tratábamos como varón, te destruidas en nuestra cara, te veíamos desecho, si te dejábamos ser nena, no sabíamos si estaba bien, ni cómo hacer en el barrio; en el jardín ya no te callabas como antes, era desesperante todo, y de ahí... empeoró.
Estábamos todos tristes en la casa. La familia esperaba que dijéramos algo, no sabíamos que hacer con vos. Tu estadía en el jardín se hacía cada vez mas y más difícil, hasta que tu señorita me habló:

-Manuel se rasguñó la cara, quería una figurita de princesa, no sabemos bien que le pasó.

Ya no soportaba que estuvieras mal, no quería verte así, que te hicieras daño, todo se desmoronaba, tenía miedo de que pudieses poner hacerte mas daño. En casa... bueno, las cosas tampoco iban bien, menos con tu papá, a veces él tenía cambios repentinos, bruscos, todo lo que hiciéramos lo ponía mal de humor, hasta nos dejaba solo unos tres o cuatro día, después regresaba, a veces solo, otras la madre tenía que ir por él. Esto empezó desde que tuve mi primer embarazo, debe ser que sentía mucha responsabilidad y por eso huía de casa, no lo sé, pero eso sí, siempre necesité de su apoyo y poco lo brindaba. No tenía fuerzas como para seguir afrontando esto sola, igualmente... desde el fondo de mi corazón, sabía que algún día se iba a ir. Cuando conocí a tu padre él ya tenía tres hijos a los cuales había abandonado y ese era mi gran temor, que hiciera lo mismo, que nos dejara a nosotros también; por eso trataba que su historia no volviera a repetirse.

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Yo nena, Yo princesa.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora