Capítulo 1

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Caigo al piso de espalda, aunque sé que puedo pararme decido quedarme donde estoy mientras miro como se acerca a mí.

—Vamos pequeño, Rafael — habla Miguel acercándose a dónde estamos —, no seas tan duro con tu hermano — le pide posando una mano sobre su cabeza para alborotarle el cabello.

—Tenemos que ser tan fuertes como ustedes — contesta —, tenemos que ser dignos para recibir nuestra espada.

—Así es — acepta el arcángel muy sonriente —. Pero para ser dignos no sólo necesitan fuerza — comienza a ha explicado mientras se acerca a mí y me da la mano para ponerme de pie —. Tienen que ser nobles, responsables de su puesto y poder, leales ante nuestro padre. La dureza llega con el tiempo.

Claro que admiraba a Miguel, admiraba a todos mis hermanos y tenía la esperanza de llegar a ser tan bueno como ellos en algún momento de mi vida.

Soy consciente de mi puesto, aún soy pequeño para ir a guerra con ellos como quisiera, ellos ya son jóvenes, sus cuerpos han terminado de desarrollarse y son lo suficientemente fuertes como para aguantar una batalla.

—¿Crees que algún día podamos pelear junto a ustedes? — pregunto mientras nos lleva a ambos tomados de la espalda.

—Por supuesto que sí, eso es lo que harán, sólo falta que crezcan para que puedan estar a nuestro lado. Pero todo a su tiempo, Luzbel, no hay prisa.

Supongo que es cierto, no hay prisa.

—¿Y crees que podamos ser arcángeles como ustedes? — pregunta Rafael entusiasmado.

—Les voy a contar un secreto, ¿de acuerdo? — contesta Miguel en susurros y se agacha frente a nosotros. Ambos asentimos con mucha atención —. Bien, no pueden decírselo a nadie.

—Sí — aceptamos.

—Bueno. Cuando papá nos crea nos hace de una forma especial de acuerdo a lo que quiere que seamos. Todos tenemos un puesto ya desde que somos creados, aunque claro que hay que esforzarse para ganarnos nuestro título. Ustedes son muy importantes, papá los hizo como guerreros, pero no como cualquier guerrero, y ustedes dos van a llegar muy alto. Sólo recuerden una cosa, entre más alto vuelen más fuerte será el golpe al caer.

Ambos nos miramos, creo que ninguno entiende lo que quiere decir Miguel. ¿Está hablando de caerse en medio del vuelo?

—¿Caer? — me atrevo a preguntar, pues sé que Rafael preferirá quedarse con la duda.

—Así es, Luzbel, caer — acepta en tono serio —. Si ustedes abusan de su poder o cometen algún pecado caerán.

—¿Caer a dónde?

—Fuera de edén.

El susto es claro en ambos, ¿fuera de aquí? ¿De nuestro hogar? ¿Hay algo más? ¿Hay otro lugar que no sea esto?

—¿Qué hay fuera? — pregunta Rafael.

—Bueno, esa es una excelente pregunta. Son tierras deshabitadas con las que papá aún no sabe qué hacer. Pero si ustedes caen irán directo al tártaro.

—¿Qué es eso?

—La dimensión de los caídos. Aún no hay nadie ahí... pero no querrán ser los primeros. Porque de caer ahí estarán destinados a pasar el resto de su existencia.

El miedo es claro, nadie querría ir a ahí, nadie podría ser tan tonto como para provocar su expulsión.

Nos acercamos a los demás, todos permanecen quietos mientras intercambian algunas palabras.

—¿Cómo está tu espalda, pequeño? — me pregunta Gabriel cuando llegamos junto a ellos.

—Está doliéndome y me da comezón — contesto un poco incómodo por la situación.

—Así es siempre, pronto pasará — promete muy comprensivo —. Todos pasamos por eso, pero luego te darás cuenta que es la molestia más hermosa que puedes sentir.

—¿Dolerá?

—Vas a querer morirte del dolor — contesta Azrael acercándose estrepitosamente a mí.

—Déjalo en paz — se queja Raziel —. No tienes por qué asustarlo.

—Le quitas el chiste a las cosas.

—Dolerá un poco — contesta Raziel acercándose a mí—, nada que no puedas resistir.

—¿Y tú Rafael? — cuestiona Miguel —. ¿Cómo te sientes?

—Bien, la espalda me duele un poco.

Nosotros somos los más chicos hasta el momento, y ellos lo tomaban como tal, se portan demasiado atentos y comprensivos ante nuestros cambios. Después de todos ellos ya han pasado por lo mismo, y somos sus hermanos menores.

—Quítate esto — pide Gabriel jalándome de la armadura y quitándomela él mismo —. No falta demasiado — va palpando mi espalda y haciendo que termine quejándome por una punzada que siento.

—¿Cuánto falta?

—Muy poco, en unos días tu piel comenzará abrirse al fin. De eso pasará una luna hasta que terminen de salir tus alas.

La idea me emocionaba, aunque también veía venir el dolor y las molestias que eso causaría.

Pero sería algo momentáneo que me traería algo eterno.

También estaba deseoso de mirarlas ya, aún desconozco el color que tendrán, podrían ser blancas, o tal vez doradas, incluso de algún color más llamativo.

Pero sólo me queda esperar a verlas.

—¿A dónde va? — pregunto al ver que Raziel se avienta al vacío sin decir más.

—Eso mismo quisiéramos saber — contesta Miguel de brazos cruzados mientras mira a su hermano alejándose.

—¿Lo sigo? — propone Azrael dudoso.

—No — niega Miguel —, déjalo, él sabe lo que hace.

—Pues más le vale, porque le noto sospechoso desde hace un tiempo para acá.

—Lamentable ese ya no es nuestro problema.

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