Capítulo 30

7.6K 1.1K 114
                                        

—Por favor — ruego mirando al suelo y realmente derrotado. Rafael y yo nos hemos puesto en grave peligro luego de que todo se saliera de control. Sacamos a Alaia y los tres tuvimos que pelear para conseguir escapar de todo. Ahora estoy aquí, intentando arreglar las cosas —, Uriel miente.

—No miente, Luzbel, lo sabes.

—Está mintiendo — afirmo —, de verdad está mintiendo, yo sé que Alaia no está planeando nada, ella no es mala, no es así, no es lo que ahora crees.

—Pero ha hecho mal las cosas.

—Todos nos hemos equivocado. Todos hemos cometido tantos errores como ella, entonces todos merecemos lo mismo.

—La decisión ha sido tomada.

—Por favor — repito mirándole a los ojos —, te lo ruego... si vas a castigarla... entonces concédeme no ser cruel. Merece una segunda oportunidad, dásela. Impón un castigo no tan fuerte, por favor, padre, no pido más que eso.

El silencio comienza a carcomerme, necesito una respuesta y mi padre parece estar pensando lo que le he pedido.

Ruego mentalmente porque acepte, no puedo hacer más por ella que esto, no hay forma de librarse de algo así.

—Tráiganla — ordena a Miguel y Gabriel —, ¿Dónde está? — me pregunta.

—En mis aposentos — respondo luego de pensar un largo minuto, pero no he encontrado las opciones que quería.

—Vayan por ella.

Me quedo donde estoy mientras los arcángeles salen por ella.

Mi padre no me ha dicho si ha aceptado mi petición o no, pero no me quedaba otra más que decir donde estaba. De no decirlo haría las cosas más grandes, y seguramente nos quitaría la posibilidad de arreglar esto después.

Si es que aún tiene arreglo.

(...)

Las cosas han sido claras, y simplemente no sé qué hacer.

Siento que algo se ha roto dentro de mí, una desesperación crece a cada segundo dentro de mi pecho, sin embargo conservo la actitud calmada.

Intento buscar algo que hacer, pero nada suena bien, ninguna de las ideas que tengo sería buena para tomar.

—Te dejaré decidir quién lo hará — permite papá a Alaia.

Todos estamos callados, nuevamente es doloroso.

El único que no comparte el sentimiento es el bastardo que observa de lejos.

—Luzbel — pronuncia en voz bastante baja.

—No puedo hacerlo — niego con lo poco que tengo de voz.

—Por favor...

—No puedo con eso...

—Vamos, Luzbel, esa es la forma en la que se sentirá mejor — presiona Yahvé —, hazlo.

Trago saliva y miro a Alaia antes de caminar en su dirección.

Está bastante golpeada y luce cansada, o peor que eso. Se ve derrotada.

—Lo siento — susurra cuando estoy enfrente —, no merecías lo que hice, no merecías eso.

—No quiero disculpas, lo he dejado pasar, no guardo rencor por ello.

—En verdad te amo...

—Y yo a ti — aseguro abrazándola y dándole un beso en la frente que quisiera fuera eterno —, discúlpame por esto... no quiero hacerlo realmente.

—Te elegí, no pidas disculpas.

—Es hora, Luzbel — avisa Yahvé.

—Volveré a verte — prometo —, no sé cuándo o como, pero ahí voy a estar. Es una promesa, sabes lo que eso significa.

—Volveré a verte, ángel.

—Volveremos a vernos, virtud.

Alaia me sonríe débilmente y da la vuelta. Siento un nudo en el estómago, pues sé que no tengo nada de tiempo ya.

Entre más rápido lo haga será mejor, pero quiero mantenerla de esta forma un poco más.

Saco a Lux y la sostengo con fuerza. Puedo sentir su negación ante esto. No quiere hacerlo, pero yo tampoco y aún así es algo inevitable.

Dejo pasar unos segundos más hasta que logro tomar un poco de valor. De ese valor que nunca me había faltado hasta hoy.

Incluso cierro los ojos, y las cosas terminan pasando demasiado rápido.

El grito de Alaia me desgarra el alma, y simplemente quiero dejarnos caer a ambos al abismo.

Vuelvo a abrir los ojos y la sostengo antes de que caiga al suelo.

Siento que el aliento comienza a faltarme, y mi dolor es muy parecido al que sufrí cuando estuve a punto de morir.

—Perdóname — pido y termino con todo. Le acuchillo y me la quedo mirando mientras muere, mientras el ángel al que mas amo termina de abandonarme.

Desvío la mirada y me encuentro con los ojos lejanos de Uriel.

Éste me sonríe victorioso, y justo es este momento en el que confirmo todo.

Tengo razón, él es el malo aquí.

—No sólo te juro volverte a ver — susurro con el cuerpo aún en los brazos —, juro que va a caer quien te hizo esto, juro vengar tu muerte.

Almas perdidasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora