Capítulo 17

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—Luzbel — me llaman mientras tengo la mirada en el libro.

—Dime.

—Uriel de nuevo — instantáneamente la cabeza comienza a dolerme.

Cierro el libro y lo dejo junto a mí, me pongo de pie y sigo a Nuriel.

—¿Qué hizo ahora?

—Tenemos que ir con papá, necesitamos hablar con él sobre el favor que nos pidió.

—¿Y?

—Uriel no nos deja pasar, dice que no tenemos porque estar ahí.

—Al ángel ya se le subieron demás los humos.

Rebaso a Nuriel y me apresuro a subir las escaleras del palacio.

Entre más rápido le vea la cara a Uriel más feliz voy a estar.

—¿A mí tampoco me vas a dejar pasar? — inquiero llegando a las grandes puertas.

—Luzbel — pronuncia sonriente.

—Quítate y déjalos pasar, ¿desde cuando te proclamaron ángel de la seguridad del palacio? Mejor ve y haz tus deberes.

—Eso hago.

—Prohibir entradas al palacio no es tu deber ni el de nadie, ahora quítate o te quito yo — amenazo mirándole a los ojos.

—Bien — acepta haciéndose a un lado.

—Pasen ya — les digo a los ángeles que quieren entrar y me quedo donde estoy mientras pasan.

—Te fueron con el chisme y llegaste al rescate.

—Nadie me fue con ningún chisme, y cállate ya, bastardo.

Paso junto a él y le empujo con el hombro, me sigo hacia el salón con toda la calma del mundo y me voy a sentar al trono.

Ignoro las voces de los ángeles y me quedo mirando al suelo pensativo.

Uriel...

Uriel.

¿De dónde viene Uriel? ¿Quiénes son sus padres? ¿Por qué soy el único en notar lo sospechoso que es?

Oigo las puertas abrirse de nuevo, sin embargo a quién miro no es a Uriel, sino a Jofiel.

Me paro y camino hacia él deprisa, pues le veo ciertamente desencajado y parece que trae malas noticias.

—¿Qué pasa? — pregunto cuándo me quedan un par de metros para llegar a él.

—Tengo que hablar con papá...

—Yahvé está ocupado, dime qué es lo que necesitas.

—Acaba de pasar algo... en la tierra... no sé cómo describirlo siquiera...

—¿Qué pasó? — pregunto un poco bajo. Tal vez yo vaya a revisarlo en vez de mi padre.

—Es Caín — informa en voz baja mirando hacia atrás de mí.

—¿Qué hizo? ¿No acaban de ver a papá apenas ayer?

—Tal vez eso provocó todo.

—¿De qué hablas?

—Caín acaba de pecar.

—Que raro, sus padres casi ni pecaron — suelto sarcástico.

—Cometió un pegado mortal, Luzbel.

Dicho esto siento un nudo en el estómago.

Esto no puede estar pasando de verdad.

—¿Que hizo qué?

—Mató a su hermano, Luzbel. Caín acaba de matar a Abel.

La noticia me cae como un golpe.

¿Qué hago?

¿Cómo podría encargarme de esto?

Aunque no quiera creo que es obligatorio que mi padre lo sepa y haga las cosas él mismo.

Me doy la vuelta y camino hacia él. Esquivo a los ángeles presentes y llego hasta al frente de ellos.

—Padre — interrumpo —. Siento interrumpir, pero deben irse, hablarán de esto después.

Los ángeles intercambian miradas pero me obedecen sin hacer preguntas.

Espero a que abandonen el salón para continuar hablando.

—Padre... acaba de suceder algo en la tierra... creo que debes ir.

—¿Qué pasó? — pregunta él.

—No sé si debo decirlo... es un poco... desagradable.

—Vayamos — pide un momento antes de comenzar a desaparecer.

Saco la espada y coloco la punta sobre el piso. Un momento después estoy junto a mi padre.

Nos quedamos en silencio unos cuantos segundos, tantos que incluso me dispongo a decirle lo que ocurre.

Sin embargo su voz se escucha antes de que pueda hacerlo.

—¿Dónde está Abel? — pregunta a Caín, que está a metros de nosotros cerca de los árboles.

—No sé — responde tranquilo —. ¿Debería saberlo?

—¿Qué has hecho? — pregunta papá con cierto tono de decepción —. La sangre de tu hermano me llama desde la tierra.

Caín no contesta. De esa forma acepta lo que ha hecho, pues sabe perfectamente que nunca podría mentirle a Yahvé.

—Siendo así — continúa Papá luego del silencio —, maldito seas de la tierra, que se abrió para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando siembres en ella no te devolverá nada, serás un desconocido para ella.

—Tu castigo es demasiado para soportarlo — responde Caín dando unos pasos hacia nosotros —. Me enemistas de la tierra. Cuando estés cerca me esconderé; iré vagante en la tierra, y su enemigo seré. Y pasará. Cualquiera que me encuentre me matará.

—Pues no — niega mi padre, cosa que me sorprende —. Cualquiera que te asesine, siete veces será castigado.

Mi padre alza una mano. Luz emana de ella y va directamente a Caín, éste se queda pasmado un momento, y es alzado ligeramente del suelo.

—Hoy te marco — continua Yahvé —, para que nadie que te encuentre te asesine, y así vivas tu castigo por el resto de la eternidad.

Caín vuelve al suelo, y un momento después de hacerlo empieza a caminar hacia la nada. Comenzando así su travesía en el mundo que no le servirá más. En un mundo ahora ajeno a él.

Comenzando su eterno castigo.

Almas perdidasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora