Capítulo 7

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—Date prisa — me presiona Rafael.

—Espera, tenemos que escuchar el plan antes de irnos, de todas formas ellos creen que estamos muertos. Así que escuchemos, vamos al palacio, y mientras comienzan a organizarse nosotros avisamos al resto.

—Bien, bien, cállate entonces.

Nos volvemos a callar, estamos completamente recostados en el suelo y lo suficientemente lejos como para que logremos pasar desapercibidos para los otros.

—Ve a buscar a los demás — ordena Satanás a Belcebú —, y tú, encárgate de Abaddon, lo quiero dejos del palacio — pide a Belial.

Ambos ángeles dan la vuelta y se aproximan a salir del bosque, Satanás se queda inmóvil donde está mientras parece pensar.

—Ustedes lárguense y vayan a prepararse — se dirige al resto.

—Vámonos — susurro y la luz se pone en marcha de nuevo.

Nos vamos arrastrando por el suelo mientras miramos en dirección a los que apenas están yéndose, mismos que no se dan cuéntame nosotros.

En este punto del bosque todo se ve mayormente iluminado, no sólo por el sol que comienza a salir, sino por la poca distancia que hay entre el inicio y donde estamos.

Siento las pequeñas piedras y residuos de árbol clavándose en la piel desnuda de mis brazos, algunas logran perforarme la piel, y siento como comienza a rasparse, sin embargo no es algo grave ni mucho menos algo que me haga detenerme.

—Ya no están — avisa Rafael —, ponte de pie.

Ambos nos paramos frenéticamente, y todo vuelve a ser como antes de toparnos con ellos.

Corremos.

La luz sigue guiándonos aún cuando podríamos seguir solos lo último que falta, tal vez solo quiere asegurarse de que estemos fuera y no seamos un par de asnos para volver a perdernos.

No lo creo tan posible, pero podría pasar.

—Por fin — suelta Rafael bajando la velocidad justo cuando pasamos junto a los últimos arboles —, lo logramos.

—Apúrate, no hay tiempo de descansos — me quejo y continúo trotando fuera de aquí.

—¿Ya se te olvidó cómo se usan las alas?

—Te recuerdo que estamos supuestamente muertos, no sabemos dónde están ellos, y mis alas se ven a kilómetros. No se me ha olvidado volar.

—Bien... es cierto, volvamos a correr.

(...)

Entramos derrapando al palacio, llamando la atención de los presentes, nadie dice nada, pero nos miran con dureza.

Ninguno de los dos prestamos atención a ello, y en cambio continuamos nuestra carrera hacia el trono.

Doblamos a la derecha y alcanzamos a dar un paso antes de chocar contra algo.

—¿Por qué...?— escucho a Gabriel alzar la voz —, ¿dónde estaban? — cambia la pregunta cuando nos ve a ambos.

—¿Qué les pasó? — pregunta ahora Miguel.

—No hay tiempo de explicaciones, debemos darnos prisa — contesto intentando seguir el camino.

—Claro que deben darse prisa, íbamos a buscarlos, su proclamación es en menos de una hora.

—Deprisa — presiono empujándolos de regreso de dónde vienen —, no hay tiempo, el título es lo de menos ahora.

—¿Qué dices? ¿Dónde estuvieron todo este tiempo? Dos malditos días sin saber de ustedes — el regaño de Miguel no es tan duro como podría imaginar, o como podría hacerlo cualquiera de los demás.

Almas perdidasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora